lunes, 21 de marzo de 2011

Ed Ricketts*


por John Steinbeck


Lo cierto es que fue un gran maestro y un gran libertino... un inmoral que amaba a las mujeres. Poseía originalidad y su carácter era único, pero todos los que se referían a él lo hacían  de un modo distinto. Era pacífico, pero podía llegar a ser feroz; menudo y ligero, pero fuerte como un toro; era leal, aunque no se podía confiar en él, y generoso, aunque daba poco y recibía mucho. Sus ideas eran tan paradójicas como su vida. Pensaba en términos místicos, pero odiaba y desconfiaba del misticismo. Era un individualista que estudiaba con satisfacción los animales que viven formando colonias.
[11]
&

Ed era distinto a todos, pero todos se encontraban a sí mismos en Ed, y ésta puede ser una de las razones por las que su muerte causó tal impacto. No era Ed quien había muerto, sino una parte grande e importante de nosotros mismos.
[14]
&

Algunos de los vagabundos de Cannery Row dormían en los toneles, y cuando salía el sol, se tumbaban en los maderos como lagartos. Entonces realizaban transacciones comerciales. Se prestaban centavos, compartían el tabaco, y si alguien sacaba a la vista una pinta de licor, eso significaba que deseaba beberla en amor y compañía. Eran una pandilla de hombres harapientos; sus pantalones, de un color azul claro, se habían vuelto casi blancos por el roce en las rodillas y en el trasero. Según Ed, esos vagabundos eran los soñadores de nuestra época, los inconformistas ante el nerviosismo, la ira y la frustración.
[35-6]
&

En el laboratorio se celebraban grandes fiestas, algunas de las cuales duraban varios días. En nuestra pobreza llegaba siempre un momento en que necesitábamos una fiesta. Entonces reuníamos todos los peniques que teníamos ahorrados, y que no eran muchos. En Monterey se vendía un vino a treinta y nueve centavos el galón. Su sabor no era muy delicado, y a veces se encontraban cosas muy curiosas en el fondo de la jarra, pero estaba bien. Siempre añadía alegría a una fiesta, y nunca mataba a nadie. Si se reunían cuatro parejas y cada una traía un galón, la fiesta duraba bastante tiempo, y al final, Ed sonreía y danzaba como un ratón.
Más adelante, cuando ya no éramos tan pobres, bebíamos cerveza, o un sorbo de whisky y un sorbo de cerveza, como Ed prefería. Los sabores, decía, se complementaban.
[44-5]
&

Si te empeñabas, Ed podía nombrarte a los grandes hombres, a los grandes cerebros, corazones e imaginaciones de la historia del mundo, y no descubría a ninguno de ellos que fuera abstemio. Intentaba incluso recordar a algún hombre o mujer de talento que no bebiese y a quien no le gustara el licor, pero fallaba en su búsqueda. En esas discusiones salía a relucir el nombre de Shaw, y Ed por toda respuesta se reía, pero en su risa no había ninguna admiración hacia aquel viejo caballero abstemio.
[46]
&

El interés de Ed por la música era apasionado y profundo. La consideraba análoga a las matemáticas creadoras, y sus gustos no eran extraños sino muy lógicos. Le gustaban los cantos gregorianos, y las misas de William Byrd y Palestrina. Escuchaba extasiado a Buxtehude, y una vez me dijo que las fugas de Bach eran quizá la música más grande hasta nuestro tiempo. Siempre usaba la expresión “hasta nuestro tiempo”. Nunca consideraba nada terminado o completo, sino siempre continuo. Probablemente su método crítico era el resultado de su observación y práctica biológica.
[…] Escuchaba la música con la boca abierta, como si quisiera recibir los sonidos en su garganta, y movía el dedo índice siguiendo el ritmo.
[46]
&

Pensaba en la música como en algo concreto y querido. Un día que yo había sufrido un trastorno emocional abrumador, fue al laboratorio. Estaba triste y callado, y Ed usó conmigo la música como una medicina. Por la noche, en lugar de irse a dormir, puso música en su gramófono, sabiendo que eso calmaría mi oscura confusión. Primero me ofreció los tranquilizadores cantos llanos, remotos y fríos, y luego, gradualmente, los fue cambiando por piezas de Bach, hasta que yo fuera capaz de volver a pensar y a sentir, hasta que pudiera soportar volver a ser yo mismo. Y cuando llegó el momento, me dio Mozart. Creo que fue el medicamento más cuidadoso que ha sido suministrado nunca.
[47]
&

De hecho, desconfiaba de todas las religiones ceremoniosas, sospechando que habían sido ensuciadas por la economía, el poder y la política. No creía en ningún Dios reconocido por alguna secta o culto. Probablemente, su Dios podía expresarse por el símbolo matemático de un universo en evolución.
[48]
&

Durante algún tiempo después de la Revolución rusa, contempló a los soviéticos con la misma complacida atención con que un terrier observa a su primera rana. Pensaba que debía de haber algo nuevo en Rusia, algún progreso humano que podía ser una mutación en la naturaleza de las especies. Pero cuando la Revolución fue consumada, cesaron los experimentos, y los soviéticos se apoderaron del poder, cuya perpetuación se basó en la ignorancia y en el control dogmático del espíritu creativo humano, perdió todo su interés por el asunto.
[48]
&

Pensábamos: no existe unidad creativa en el ser humano excepto en el individuo que trabaja solo. En la creación pura, en el arte, en la música, en las matemáticas, no hay verdadera colaboración. El principio creativo es solitario e individual.
[50]
&

—Los adultos, en su trato con los niños, son insensatos —decía—. Y los niños lo saben. Los adultos imponen leyes que ellos no siguen, dicen verdades que no creen, y todavía esperan que los niños las sigan, las crean y admiren y respeten a sus padres por estas tonterías. Los niños tienen que ser muy inteligentes y callados para tolerar a los adultos.
[51]
&

—[…] Lejos de aprender, los adultos se convierten en un laberinto de prejuicios, sueños y reglas, cuyos orígenes no conocen y no se atreven a investigar por miedo a que toda la estructura se derrumbe sobre ellos. Me parece que los niños saben esto por instinto —dijo Ed—. Y los que son inteligentes aprenden a ocultar su conocimiento.
[51]
&

Cuando dejó su casa, estuvo al fin libre, y recordaba su primera libertad como una especie de gloria—: No sé cuándo dormía—explicó—. No tenía tiempo para dormir. Por la mañana temprano, trabajaba en casa; luego iba a clase. Por la tarde tenía prácticas de laboratorio, después me empleaba para hacer recados en una tienda, y luego estudiaba hasta media noche. Por aquel entonces estaba enamorado de una chica cuyo marido trabajaba por las noches, y naturalmente yo no dormía mucho desde la media noche hasta la mañana siguiente. ¡Qué tiempos aquellos!
[51-2]
&

Por regla general, Ed era capaz de ver a los seres humanos con una clara objetividad. Podía dar el consejo mejor y más valioso, basado en un gran conocimiento y comprensión. Sin embargo, cuando los fuertes vendavales del amor le sacudían, todo esto cambiaba. Entonces su objetividad desaparecía. El objeto de su afecto no tenía nada que ver con el retrato que hacía Ed. Era sólo el marco con el que envolvía a una mujer. […] Él la creaba a su modo, le daba forma, inventaba su apariencia y la adornaba con un talento y sensibilidad, que no sólo resultaban asombrosos, sino que eran categóricamente falsos. Entonces la mujer en proceso llegaba con sorpresa a la conclusión de que le gustaba la poesía que nunca había oído, y se sentía atraída por una música cuya existencia también desconocía. Se volvía hermosa, pero en ninguno de los aspectos que le eran familiares. En cuanto a sus ideas… bueno, sus ideas eran lo que más le sorprendía, ya que no había creído tenerlas.
[54]
&

Antes de que el amor enturbiara su visión, Ed poseía un ojo agudo para las mujeres. Apreciaba con entusiasmo una boca bien dibujada, un pecho exuberante, un trasero firme, y también se fijaba en otras cosas tales como la forma de los pies, la estructura de los dedos, el lóbulo de la oreja, los dientes, el movimiento de las caderas al andar… Lo contemplaba todo con alegría y agradecimiento. Siempre se sentía satisfecho de que el amor y las mujeres fuesen lo que eran, o lo que él imaginaba que eran.
[56-7]
&

Pero por encima de todos los placeres de Ed, había una trascendental tristeza en su amor… algo que deseaba o echaba de menos, una búsqueda, que a veces llegaba al pánico. No sé qué era lo que deseaba, pero sé que siempre lo buscaba sin encontrarlo. Tal vez hallara algo en la música. Era como una nostalgia profunda e interminable… una sed y pasión por “regresar a casa”.
[57]
&

—Bach casi lo logró. Escucha ahora cuánto se acerca, y fíjate en su ira cuando no puede. Cada vez que lo oigo, creo que ha llegado el momento y que penetra la luz. Pero nunca lo consigue del todo…
Naturalmente, era él mismo quien deseaba alcanzar la luz con desesperación.
[57]
&

He intentado aislar y examinar el gran talento que poseía Ed Ricketts, y que le hizo tan querido y necesario, y ahora que está muerto le hace ser tan echado de menos. Era un hombre interesante y encantador, pero tenía otras cualidades que superaban a éstas. He pensado que tal vez era su habilidad para recibir, para recibir algo de alguien, y hacer que el regalo pareciera muy hermoso. A causa de esto, todos se sentían felices dando algo a Ed… un regalo, un pensamiento, cualquier cosa.
[68-9]
&

Quizá la más apreciada de nuestra lista de virtudes aparentes es ésa de dar. El dar construye el ego del que da, le hace sentirse superior, más algo y más grande que el que recibe. Casi siempre, el dar es un placer egoísta, y en muchos casos, es algo destructivo. Uno no tiene más que recordar a algunos de nuestros rapaces financieros, que pasan dos tercios de sus vidas amasando su fortuna a costa de la sociedad, y el último tercio, devolviéndola. No es suficiente suponer que su filantropía es una especie de restitución asustada, o que sus naturalezas cambian cuando tienen bastante. Una naturaleza así nunca tiene bastante, y no cambia con tanta facilidad. Yo creo que el impulso es el mismo en ambos casos, pues el dar puede proporcionar el mismo sentido de superioridad que el recibir, y la filantropía puede ser otra clase de avaricia espiritual.
[69]
&

Dar es fácil, y se recompensa con exquisitez. Recibir, en cambio, si se hace bien, requiere un buen equilibrio de autoconocimiento y amabilidad. Requiere humildad, tacto y una gran comprensión de las relaciones humanas. Cuando recibes, no puedes parecer, ni siquiera a ti mismo, mejor, más fuerte o más inteligente que el que te da. Para recibir se requiere un poco de estimación propia, gustarse uno a sí mismo.
[69]
&

Una vez, Ed me dijo:
—Durante mucho tiempo no me gustaba a mí mismo. —No lo dijo con autocompasión, sino como un hecho infortunado—. Fue una época muy difícil y muy dolorosa. No me gustaba a mí mismo por varias razones, algunas de ellas válidas, y otras pura fantasía. No me gustaría volver a aquellos días. Luego —prosiguió— descubrí gradualmente, con sorpresa y placer, que yo gustaba a mucha gente. Y pensé: si les puedo gustar a ellos, ¿por qué no puedo gustarme a mí mismo? Con sólo pensarlo no lo conseguí, pero lentamente aprendí a gustarme a mí mismo, y entonces ya todo fue bien.
[69-70]
&

Esto no fue dicho con amor propio, sino con autoconocimiento. Había querido decir literalmente, que aprendió a aceptar y a gustar la persona “Ed”, tal como gustaba a otra gente. Esto le proporcionó una gran ventaja. La mayoría de las personas no se gustan, desconfían de ellas mismas, y se colocan máscaras. Se pelean, presumen, disimulan y sienten celos, porque no se gustan a ellas mismas. Pero la mayoría no se conocen lo suficiente para poderse gustar.
[70]
&

Una vez Ed fue capaz de gustarse a sí mismo, fue liberado de la prisión secreta del autodesprecio. Ya no tuvo que probar su superioridad por ninguno de los sistemas ordinarios, incluyendo el de dar. Podría recibir, comprender, y sentirse contento por ello.
[70]

___________
*Relato precedente a “la última parte de este libro”:
Por el mar de Cortés [The Log from the Sea of Cortez],
trad. Teresa Gispert, Caralt, 1968, 445 pp.
(el relato va de la p. 7 a la 71; el resto, que describe la expedición, de la 77 a la 445…)]

No hay comentarios.: