jueves, 27 de mayo de 2010

TRES VERSIONES DE AYALA

Gerardo Lino



1


Ayala fue el último en bajar del camión. Con su indiferencia de siempre, caminó las siete calles que lo separaban de la cantina de sus viejos tiempos. No se percató de lo cambiada que estaba la ciudad: entró como si quisiera curarse la de ayer sin ver mas que al nuevo barman platicando divertidamente con tres clientes que ni siquiera voltearon a ver al viejo Ayala que en otros días era recibido con palmadas y gritos y albures y uno que otro abrazo. Su indiferencia encontró el frío y en su desconcierto no supo qué decir: si pedir “mi copa” o pedir un roncito o seguir callado. Ojeó rápidamente su entrañable “cueva” y un calosfrío lo estremeció cuando no vió una sola cosa en su lugar, ni una sola silla de las que había, ni una mesa, ni sinfonola, ni privado. Después buscó ávidamente alguno de sus antiguos amigotes; aunque estuvieran calvos y canosos, los hubiera estrechado en sus brazos y tal vez besado y llorado con ellos su desconsuelo de haber perdido un tiempo lejano y un lugar y unos compañeros que ya no se asomaban cada cinco o veinte minutos para tomarse un roncito y hablar y confidenciar y cantar y tramar aventuras y contar anécdotas o ponerse de vez en cuando a llorar por los días lejanísimos en que ya no pudieran hacer todo esto.

[8-12-83]


2


Ayala fue el último en bajar del camión. En la única maleta que traía, no guardaba nada que mantuviera el recuerdo de los años pasados fuera de la ciudad a la que hoy regresaba con intensos deseos de recuperar los buenos tiempos vividos en la cantina a la que ya se había acercado con pasos rejuvenecidos por la expectativa. Entró sin fijarse en nada y pidió como siempre lo había hecho, “mi trago, Güicho”, al momento que se acomodaba en la barra, pero nadie acudió a su llamada, ni lo saludaron los viejos conocidos, ni hubo gritos de bienvenida, ni uno solo que se acercara a saludarlo, ni nada. Vió que el cantinero seguía conversando animadamente con otros desconocidos y paseó su sorpresa por aquél lugar totalmente extraño para él y se preguntó si no se habría equivocado de cantina; se fijó en los parroquianos que ni lo habían mirado y se preguntó con temor si no se habría equivocado de ciudad; observó que ninguno de los viejos ahí presentes era de su vieja guardia y se preguntó con miedo si no se habría equivocado de tiempo. Pidió, para aclararse, su marca favorita de ron, y le contestaron con sorna, que “eso aquí no se vende, viejo”. Salió con premura a la calle y lloró al no poder reconocer la ciudad de sus juventudes: no había mas que rastros de un pasado extinguido y despreciado por los ímpetus de la modernidad; no había nadie con quien revivir los años ni los sueños; no había mas que hostilidad y olvido; no había para él, dónde caerse muerto.

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3


Ayala fue el último en bajar del camión. Con la ansiedad, dejó tirada la maleta en la que no traía nada que le recordara los años pasados lejos de su querida ciudad. Con la velocidad que le permitían sus piernas lerdas, llegó al refugio de sus años buenos y sin más, pidió su trago como si ayer hubiera venido, pero se sorprendió al ver que el cantinero no era el mismo, además que nadie lo saludó, ni lo abrazó, ni lo invitó a sentarse como lo hacían los antiguos parroquianos que, como observó, ya no acudían a reunirse como “siempre” a las dos de la tarde, ni había amigos que contaran anécdotas graciosas, ni el ambiente de cordialidad que calentaba la dureza de sus vidas, ni existían compañeros que se acercaran a confesar sus aventuras o a consultar sobre los problemas cotidianos, nada estaba en la disposición de antes y nadie parecía moverse. Todos bebían algo así como su soledad o la inmensa desolación de una ciudad en la que no había mas que ausencia de los viejos sueños y abundancia de una amargura que lo invadió violentamente hasta que salió de ahí con una sonrisa que denotaba su certeza de que era el único fantasma de una generación que se extinguía a cada paso que daba en el silencio de su decepción y las invencibles ganas de llorar y de correr y de morirse en el lugar anhelado sin poder hacer nada de esto.

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GLOSA PERSPICUA



Ayer encontré los papeles mecanografiados que contienen los textos precedentes. He transcrito tal cual quedaron en la fecha indicada, sin quitar ni poner una sola coma —aunque hay tres o cuatro que ahora cambiaría—, sin sustituir ciertas palabrejas como el verbo ‘percatar’ —que ahora me cae gordo— y he dejado la tilde en el monosílabo ‘vio’, que ya no debería llevar desde la década de los sesenta si no me equivoco pero que por inercias de viejas costumbres aún ponía hace casi veintisiete años —cuando tuve veintisiete años de edad—; asimismo dejé la errata de aquél, yerro antes y después de la Ortografía de la Real Academia Española de 1999. Hay giros y figuras deleznables, pero he resistido en mi propósito de transcribir intactos aquellos ejercicios. El apellido del personaje no alude a persona conocida alguna; lo he dejado igual aunque varios ya están pensando en quien yo no pensaba cuando redacté este falso vislumbre de futuro sobre los lomos helados de Chignahuapan —lo falso quizás estribe en que tal absurda nostalgia juvenil no ocurre de ese modo después de los cincuenta: al menos a mí se me hace más leve no tener que verse en medio de lo mismo.

[3-V-10]