domingo, 27 de marzo de 2011

Nueve noches nórdicas

Gerardo Lino















Si estuviera en las cumbres de las montañas

en las planicies saladas o dunas arenosas

insomníferos desiertos de hielo

en los luengos pastos

los bosques de coníferas

las selvas o las tundras

en rocas basálticas o en romas de río

en los estratos de las acumulaciones

o en los variables oleajes

o al fondo del viaje del mar

en cualquiera de sus habitantes animales

bacterias kril mastodontes



pero no












Amundsen no sabía lo que buscaba al pasar de largo por ese cuerpo de agua entre las islas Banks y Victoria y la costa de los Territorios del Noroeste canadiense con 400 km de longitud sin apenas adivinarlo.



Sabía de su furor por atravesar el Paso del Noroeste que varios antes intentaron sin dar con él por abrir una ruta comercial entre Europa y Asia, y lo atravesó, aunque al cabo de tantas estrategias y logísticas no tuvo la menor importancia.



Aun así establecería la precisa posición del polo magnético del Ártico pues para eso había dedicado los años de estudio de las ciencias en la escuela naval a la que se inscribiera.



Se aventuró al Polo Norte y al saber que Peary ya lo había alcanzado se desvió al del Sur con la táctica inuit de usar perros para los trineos y para alimentar a los perros; así llegó el 14 de diciembre de 1911 cinco semanas antes que Scott.



Surcó por aire el extremo del Septentrión aunque Umberto Nobile, constructor del dirigible, quería el crédito y se enzarzaron en discusiones; cuando éste se perdió en otra expedición, fue a salvarlo, dio con él, y luego perecieron.



Explorador por antonomasia, aún así, Roald Engebrecht Amundsen, marino y científico noruego, ejemplo de fuerza física y exactitud racional, a más de un sentido difícil de encontrar para los descubrimientos, no sabía lo que buscaba.








En la proa del Beagle, a los 22 años, Gas miraba las aguas y los vientos sudamericanos en pos de un sitio donde buscar entre las rocas y los líquenes los restos y las evidencias de una vida que acaso imaginaba.



No había ya guerra que seguir en 1831 sino una lejanísima de fósiles y animales por completo extraños a toda predicción que le dieron una idea insensata pero llena de promesa: la forma de vida se crea por las mutantes condiciones.



Raro explorador entre los exploradores, Charles Darwin recogería piezas regadas al azar en esas tierras, en tanto el Beagle calaba en varias lindes durante sus observaciones de especímenes para la comprensión de otra vida.



Regresó a Londres a informar a sus colegas y a sonreírse de los vituperios ignaros mientras con su esposa y sus diez hijos nunca logró advertir del todo que acaso la respuesta yacía en ese mismo recinto de su casa.



Se internó en esas modalidades de la exploración consistentes en formular conferencias y tal vez de ese modo confirmó para sí, pero nunca lo sabremos, que las condiciones humanas generan formas extrañas del conocimiento.



Optó por escribir, esa otra exploración rarísima del ser de lo vivo que parece lo mismo que aquello que refiere como si lo dicho fuera igual que la rara vida —doméstica (suya es La variación de animales y plantas bajo la domesticación).








Richard Francis Burton —a quien confundimos a veces con el clérigo Robert Burton que no exploró las tierras sino la Anatomía de la melancolía en el siglo XVII— compartió la suerte de una mujer a la que no le gustaron sus diarios.



Entre las desmesuras que se alzaron en su persona, el capitán Burton tuvo el don de conocer y hablar y soñar en 17 lenguas orientales con variaciones del árabe que estudió para internarse y confundirse como uno cualquiera de ellos.



Se disfrazó de afgano, quizá por condecir mejor con los rasgos de su cara, para peregrinar a La Meca y entrar en Medina sin que nadie se diera cuenta, observar los ritos sagrados de los admitidos y postrarse ante la Kaaba.



Luego de servir en la guerra de Crimea, volvió al África; entre sus muchas travesías, descubrió el lago Tanganica en 1858, buscando el origen del Nilo; incorporado a la diplomacia británica, estuvo en Brasil, Damasco, Trieste.



De la treintena de traducciones que hizo y los más de 70 libros que escribió de sus pasos y andanzas, ha quedado en la memoria occidental su versión literal del Libro de las mil noches y una noche en 16 volúmenes (1885-1888).



Qué otras desmesuras tallaron sus viajes, no se sabe: su mujer cogió los diarios íntimos y de navegación acumulados durante 40 años y, con una desmesura que encierra las desmesuras, los arrojó al fuego —y no era el eterno.








No lo supo Juan Pérez, navegante y cartógrafo de la costa del Pacífico, cuando en 1774 dio con un archipiélago: sin glaciaciones gozaba de una vegetación gozada por unos antiguos: los haida, talladores de tótems.



Tampoco el Almirante de la Mar Oceana aun con la ciencia de su tiempo sobre la redondez ya medida y el afán por encontrar una Ruta de las Especias para cortar la Ruta de la Seda.



Ni siquiera Ibn Batuta, durante 24 años de travesías por el orbe musulmán del siglo XIV, desde Tánger y Al-Andalus hasta Sin y las estepas, Constantinopla, Bagdad, la India e Insulindia y el corazón de África (ni siquiera Conrad).









Ventiscas y desiertos de agua helada fueron la prolongación de la vida cuando Erik Thorvaldsson, apodado el Rojo por el fuego de su cabellera, prefirió poner mares de por medio con todo y su familia antes de ser acusado de un crimen.



Avistando la isla más grande que hay en el mundo Erico el Rojo la nombró ‘Tierra Verde’ hacia el año 985 aunque unas leguas adentro los cuerpos de hielo cubrían aquella inmensidad: es el verde un sueño nórdico.



Habiendo creado el noruego una colonia con amigos y familiares en la región verdosa de Groenlandia, su hijo Leif oyó el relato del mercante Bjarni Herjólfsson sobre unas tierras lejanas a las que lo arrojara una tormenta.



Sin saber que tocaría costas y territorios llamados mil años después Terranova, en Canadá, Leif Ericson reunió a sus hombres y navegó según las indicaciones del otro viking hasta dar con abundantes viñedos silvestres.



Vinlandia, nombre atribuido a Leif; en el lejano año de 1963 otro noruego, vaya coincidencia, Helge Ingstad descubrió en L’Anse aux Meadows —Cala de los Prados—, el primer fundo escandinavo en eso que llamamos América.



Erik ni Leif ni siquiera Helge, con mujeres y con hijos o sin ellos, pudieron saber que no era una tierra escondida aquello que buscaban. Buscaban por un impulso superior a la música y a los nulos horizontes y a las estelas del mar.








Ni Ranulph Fiennes con Charles Burton, que tuvieron la ocurrencia de cruzar ambos polos en una misma circunnavegación (1979-1982); ni Neil Armstrong con Edwin Aldrin, que posaron sus plantas en la Luna (1969); ni Jacques Piccard



con Don Walsh, que en la fosa de las Marianas se hundieron casi once kilómetros en su batiscafo Trieste (1960); ni Finn Ronne, que cartografió una plataforma de hielo de 2 500 km2 y estableció que la Antártida es un continente (1946-1958);



ni Sven Anders Hedin, que exploró el desierto del Gobi, Mongolia, el Tíbet y dio con las fuentes del Indo, del Brahmaputra y el Sutlej (1890-1908); ni Robert O’Hara Burke con William John Wills, primeros europeos que caminaron



Australia de sur a norte (1860-1861); ni Meriwether Lewis con William Clark, que siguieron a pie los cursos del Missouri y el Columbia hasta el Pacífico y luego se regresaron (1804-1806); ni Pierre Gaultier de Varennes,



señor de la Vérendrye, que fue a Manitoba, Dakota del Norte, Minnesota, Montana (1738-1742); ni Abel Janszoon Tasman, que llegó a Nueva Zelanda, Tonga, Fiji, y, Tasmania (1642-1644); ni Sebastián Vizcaíno, que recorrió la costa



occidental de México hasta Baja California y San Diego (1596-1603); ni Vasco da Gama (1497); ni Julio César (58-52 a.C.); ni Piteas (c. 325); ni Hannón de Cartago (c. 480); ni Faraón Nekó que enviaría una flota a rodear África (600).



Ni siquiera los más ignorados ancestros de los exploradores que en el mundo han sido, por no decir de todos los hombres, pudieron saber que aquello que buscaban no era tan solo la materia de la tierra, los flujos de las aguas,



el entendimiento del aire, las rotaciones y los ciclos, la razón del fuego, alturas y bajuras, climas inhumanos y lugares hechos para vivir humanamente hablando, las distancias y las potencias minerales, la variedad de lo verde



y de lo agreste, los modos de comer y de salvar la vida, las relaciones animales y los mitos surgidos de la muerte, el ajeno fulgor de las estrellas y la fidelidad circadiana del Sol y de la Luna, junto con truenos y relámpagos, nieves



e inundaciones y sequías, vientos solapadores y huracanes, tormentas de arena, indómitas formas vegetales y cultivables, animales fantásticos, sonidos y silencios, formas de decir ese universo mundo aplastante y paradisiaco;



por eso aparecieron esos arribistas en forma de magos, brujos, sabios, chamanes y curanderos y curas, hombres de letras y científicos, abogados y políticos, locutores y cuanta raza que asuela la tierra con el abuso de la palabra.



Pero ni estos ni aquellos hombres de buena cepa supieron que no estaba más allá la respuesta de la inquietud y apenas ahora o apenas algún antiguo o apenas los no leídos libros lo vislumbran.










Pocos dieron con el Sitio por Explorar: lo tenían en casa o daban con sus hospitalidades en parajes inhóspitos, acaso le escribían de sus itinerarios, bien lo dejaban al olvido, quizá ignoraron su existencia.



Casi todos los expedicionarios descubrieron zonas habitadas por pueblos ancestrales; igual, en la lumbre al otro lado del mundo o en el fuego de su hogar, no sabían —ellas lo demuestran—: “—oh ceguera de lo que enfrente tienes!—”



Juan de Yepes, aquel explorador de lo oscuro, pudo escribir del alma “un no sé qué que queda balbuciendo”, a pesar de lo que digan académicos, misticoneros y eclesiásticos —cuantimás—, gracias a que conoció a Teresa de Ávila —su amiga.










Por inciertas mujeres se explican las ganas de salirse a descubrir, explorar lo que pueda ser, arriesgarse a la muerte o a los ataques, con tal de deshacerse de la insidia, de quedarse en los suplicios de lo incompleto.



Quizá de ahí nacen los menesteres por tratar a una y a otra, ir de una a otra, seguir a varias por si acaso alguna termina por sellar la respuesta, si la siguiente pregunta esconde al fin el conocimiento y si lo bello es la verdad.



Ay, cuando uno cree haber dado con ella, plena de gracia, de vicio y de virtud, dulce, dueña de sí, perspicaz y hábil para la ternura, de rasgos que ni la imaginación hubiere alcanzado: pudiera ser tan solo un espejismo.









A los doce años descubrí La Malinche; fui el primero en mi vida. Nevó, jugué y me perdí —al día siguiente, luego de refugiarme con unos leñadores en la noche, al volver a ver su limpia faz en la distancia, siempre quise regresar a ella.












Si estuviera en las cumbres de las montañas

en las planicies saladas o dunas arenosas

insomníferos desiertos de hielo

en los luengos pastos

los bosques de coníferas

las selvas o las tundras

en rocas basálticas o en romas de río

en los estratos de las acumulaciones

o en los variables oleajes

o al fondo del viaje del mar

en cualquiera de sus habitantes animales



pero no



está en las mujeres

o en lo que parecen ser mujeres:

—no hay de otra.
















Trato de combatir el interés que me inspira; me figuro sus ojos, sus mejillas, su nariz, sus labios, en plena putrefacción. Todo es inútil: lo indefinible que ella exhala persiste. En tales momentos se comprende por qué la vida ha logrado perpetuarse, a despecho del Conocimiento.



—E.-M. CIORAN













En los recintos de Gymir vi marchar a una joven de quien me prendé;

sus brazos centelleaban y su esplendor reflejaba todo el aire, y las olas…



Skírnismál, 6;

en Del mito a la novela, GEORGES DUMÉZIL,

trad. Juan Almela, 1973


















NOTÍCULAS




Sobre “la isla más grande que hay en el mundo” —Groenlandia— sabemos que Australia no cuenta pues sus dimensiones le otorgan el título de continente. También sabemos que estamos rodeados: Eurasia, por el océano Ártico, el Pacífico, el Índico, el Atlántico y otros mares; y así con los demás. Bien lo ha dicho Lizalde: “todos somos isleños”.


Acerca de “las planicies saladas o dunas arenosas”, me hubiera gustado presentar al magistrado y narrador de Esperando a los bárbaros de Coetzee, que padece una agónica travesía por un desierto de sal —esa imagen recurrente—, y explora el amor de una jovencita; pero ya había decidido incluir solo personajes históricos; hubiera incluido al mismo Lawrence de Arabia, que atravesó el Yunque del Sol en pleno día para rescatar a un hombre, y llena todos los requisitos para figurar en este enquiridio, pero no se dio la ocasión.


Entre “las tundras” quería figurar a Dersú Uzala, signo de calidez, lealtad y rara sabiduría (raro un hombre en la taiga o en la tundra; más, un sabio), personaje siempre recordado entre los que narró Kurosawa, pero tiene el pequeño defecto de no haber existido, es decir en la vida real —hasta donde sé.


Ese “cuerpo de agua entre las islas Banks y Victoria y la costa de los Territorios del Noroeste” se llama Golfo de Amundsen. No encontré la razón de que le hayan puesto su nombre; en cualquier caso tampoco entiendo por qué no le pusieron Paso de Amundsen al del Noroeste que él encontró; eso serviría para invocar la constante de que no sabemos con frecuencia el porqué ni el cómo o el sentido.


Respecto de “si lo bello es la verdad”: pequeño irónico homenaje a Keats. Oséase: ya lo sabemos pero aun así volvemos a preguntarlo. Igual que quienes exploraron lugares ya descubiertos.


En cambio, las “zonas habitadas por pueblos ancestrales” implica una ignorancia, casi una inocencia. Cuando el expedicionario se internaba por esas soledades no tenía dato alguno que le indicara que ahí había ya gente o que la había habido. Y sin embargo, qué feliz hallazgo.


Las alusiones a Erico el Rojo y Leif Ericson sin duda provienen de lejanas lecturas y de cercanas relecturas de Borges, a quien debería señalársele como uno de los altos exploradores —de su casa a la biblioteca, y del pensamiento a la escritura.


De Scott debe decirse que usó trineos pero sin perros: sus hombres los jalaban; durante el regreso fueron muriendo.


Quien quiera conocer más y mejor de Charles Darwin lea el ameno libro del doctor José Sarukhán: Las musas de Darwin.


Me hubiera gustado incluir a Ed Ricketts, ese personaje tan paradójico del libro de Steinbeck, Por el mar de Cortés; lástima que comencé a leerlo cuando esto ya estaba hecho.


Quiero constar: el punto de vista es occidental; no puedo considerar a los exploradores y expedicionarios chinos —crasa ignorancia—, que los ha habido y en grandes cantidades, faltaba más, entre ellos uno que fue enviado a la Europa de Marco Polo para corresponder a su visita, o aquel
Zheng He, diplomático, almirante y explorador de la dinastía Ming, que en el siglo XV cubrió el Índico y luego se replegó sin razón aparente; y tampoco menciono a los extensos mongoles, hunos, vándalos y otras hordas, sin las que la historia conocida no sería lo que es. Sería dejarse llevar por la lógica de la fantasía suponer cómo habrán visto ellos. ¿Cuál sería la historia de los caminantes africanos? Apenas se roza por alusiones su contribución, grande y fundadora, pues ahora sabemos que de allí todo partiría. Nada se dice de los moradores del Sahara, dignos padres de cualquier aventurero y de todo conocedor. Sobre los improbables navegantes de Polinesia hacia el Cono Sur, nada. De la peregrinación de Aztlán, tan llena de promesas, hay más de leyenda que de historia, por desgracia. Sin duda tampoco ellos supieron… No sabemos y seguimos buscando.


En último análisis: qué hubiera sido de Juan sin Teresa.


Para acabar: sé que la idea no es nueva y acaso peca de romántica. Cherchez la femme, tan trillado y tan virgen como en el primer día del primero que encontró la frase —acaso ya infestado de urgencia—. No me importó al darme cuenta mientras escribía: ¡Voglio una donna!, como gritara trepado en un árbol aquel desamparado loco de la película de Bertolucci: 1900.


Y el título: iba a llamarse Terra incognita, pero en un instante final saltó su obviedad. De suyo los versos iniciales —y terminales— llevaron durante horas el letrero “Enigma”; al darme cuenta de que tal especie de expresiones aludirían al más pedestre uso de misterio, adjudicado por flojera mental, falta de ciencia y abundancia de prejuicios a la especie femenina, cuando de hecho lo había puesto pensando en que el entresijo se refiere a que no haya de otra, preferí quitarlo. Por otra parte, no esconderé que Nueve noches nórdicas —junto a su falsa medida heptasílaba y su aliteración germánica— anuncia otra cosa de la que se encuentra aquí, pero he preferido ese nombre por su razón mitológica, que encierra una especie de trance, de rito de pasaje o, en católico, de ejercicios espirituales; mejor: de 40 días con sus noches en el ascético desierto —me alejo pero quiero acercarme, que me tienten— o años de éxodo, número que en la tradición semítica cumple la misma función simbólica que el nueve en la escandinava.


Por lo demás, quizás “ellas también hacen lo mismo” —eso me parece de lo más extraño: ¿qué puede haber en un hombre? Un hombre es una cosa que se va, que sale; se usa y siempre será prescindible.


Lo único misterioso de las mujeres: que ellas ¡nos busquen!

lunes, 21 de marzo de 2011

Ed Ricketts*


por John Steinbeck


Lo cierto es que fue un gran maestro y un gran libertino... un inmoral que amaba a las mujeres. Poseía originalidad y su carácter era único, pero todos los que se referían a él lo hacían  de un modo distinto. Era pacífico, pero podía llegar a ser feroz; menudo y ligero, pero fuerte como un toro; era leal, aunque no se podía confiar en él, y generoso, aunque daba poco y recibía mucho. Sus ideas eran tan paradójicas como su vida. Pensaba en términos místicos, pero odiaba y desconfiaba del misticismo. Era un individualista que estudiaba con satisfacción los animales que viven formando colonias.
[11]
&

Ed era distinto a todos, pero todos se encontraban a sí mismos en Ed, y ésta puede ser una de las razones por las que su muerte causó tal impacto. No era Ed quien había muerto, sino una parte grande e importante de nosotros mismos.
[14]
&

Algunos de los vagabundos de Cannery Row dormían en los toneles, y cuando salía el sol, se tumbaban en los maderos como lagartos. Entonces realizaban transacciones comerciales. Se prestaban centavos, compartían el tabaco, y si alguien sacaba a la vista una pinta de licor, eso significaba que deseaba beberla en amor y compañía. Eran una pandilla de hombres harapientos; sus pantalones, de un color azul claro, se habían vuelto casi blancos por el roce en las rodillas y en el trasero. Según Ed, esos vagabundos eran los soñadores de nuestra época, los inconformistas ante el nerviosismo, la ira y la frustración.
[35-6]
&

En el laboratorio se celebraban grandes fiestas, algunas de las cuales duraban varios días. En nuestra pobreza llegaba siempre un momento en que necesitábamos una fiesta. Entonces reuníamos todos los peniques que teníamos ahorrados, y que no eran muchos. En Monterey se vendía un vino a treinta y nueve centavos el galón. Su sabor no era muy delicado, y a veces se encontraban cosas muy curiosas en el fondo de la jarra, pero estaba bien. Siempre añadía alegría a una fiesta, y nunca mataba a nadie. Si se reunían cuatro parejas y cada una traía un galón, la fiesta duraba bastante tiempo, y al final, Ed sonreía y danzaba como un ratón.
Más adelante, cuando ya no éramos tan pobres, bebíamos cerveza, o un sorbo de whisky y un sorbo de cerveza, como Ed prefería. Los sabores, decía, se complementaban.
[44-5]
&

Si te empeñabas, Ed podía nombrarte a los grandes hombres, a los grandes cerebros, corazones e imaginaciones de la historia del mundo, y no descubría a ninguno de ellos que fuera abstemio. Intentaba incluso recordar a algún hombre o mujer de talento que no bebiese y a quien no le gustara el licor, pero fallaba en su búsqueda. En esas discusiones salía a relucir el nombre de Shaw, y Ed por toda respuesta se reía, pero en su risa no había ninguna admiración hacia aquel viejo caballero abstemio.
[46]
&

El interés de Ed por la música era apasionado y profundo. La consideraba análoga a las matemáticas creadoras, y sus gustos no eran extraños sino muy lógicos. Le gustaban los cantos gregorianos, y las misas de William Byrd y Palestrina. Escuchaba extasiado a Buxtehude, y una vez me dijo que las fugas de Bach eran quizá la música más grande hasta nuestro tiempo. Siempre usaba la expresión “hasta nuestro tiempo”. Nunca consideraba nada terminado o completo, sino siempre continuo. Probablemente su método crítico era el resultado de su observación y práctica biológica.
[…] Escuchaba la música con la boca abierta, como si quisiera recibir los sonidos en su garganta, y movía el dedo índice siguiendo el ritmo.
[46]
&

Pensaba en la música como en algo concreto y querido. Un día que yo había sufrido un trastorno emocional abrumador, fue al laboratorio. Estaba triste y callado, y Ed usó conmigo la música como una medicina. Por la noche, en lugar de irse a dormir, puso música en su gramófono, sabiendo que eso calmaría mi oscura confusión. Primero me ofreció los tranquilizadores cantos llanos, remotos y fríos, y luego, gradualmente, los fue cambiando por piezas de Bach, hasta que yo fuera capaz de volver a pensar y a sentir, hasta que pudiera soportar volver a ser yo mismo. Y cuando llegó el momento, me dio Mozart. Creo que fue el medicamento más cuidadoso que ha sido suministrado nunca.
[47]
&

De hecho, desconfiaba de todas las religiones ceremoniosas, sospechando que habían sido ensuciadas por la economía, el poder y la política. No creía en ningún Dios reconocido por alguna secta o culto. Probablemente, su Dios podía expresarse por el símbolo matemático de un universo en evolución.
[48]
&

Durante algún tiempo después de la Revolución rusa, contempló a los soviéticos con la misma complacida atención con que un terrier observa a su primera rana. Pensaba que debía de haber algo nuevo en Rusia, algún progreso humano que podía ser una mutación en la naturaleza de las especies. Pero cuando la Revolución fue consumada, cesaron los experimentos, y los soviéticos se apoderaron del poder, cuya perpetuación se basó en la ignorancia y en el control dogmático del espíritu creativo humano, perdió todo su interés por el asunto.
[48]
&

Pensábamos: no existe unidad creativa en el ser humano excepto en el individuo que trabaja solo. En la creación pura, en el arte, en la música, en las matemáticas, no hay verdadera colaboración. El principio creativo es solitario e individual.
[50]
&

—Los adultos, en su trato con los niños, son insensatos —decía—. Y los niños lo saben. Los adultos imponen leyes que ellos no siguen, dicen verdades que no creen, y todavía esperan que los niños las sigan, las crean y admiren y respeten a sus padres por estas tonterías. Los niños tienen que ser muy inteligentes y callados para tolerar a los adultos.
[51]
&

—[…] Lejos de aprender, los adultos se convierten en un laberinto de prejuicios, sueños y reglas, cuyos orígenes no conocen y no se atreven a investigar por miedo a que toda la estructura se derrumbe sobre ellos. Me parece que los niños saben esto por instinto —dijo Ed—. Y los que son inteligentes aprenden a ocultar su conocimiento.
[51]
&

Cuando dejó su casa, estuvo al fin libre, y recordaba su primera libertad como una especie de gloria—: No sé cuándo dormía—explicó—. No tenía tiempo para dormir. Por la mañana temprano, trabajaba en casa; luego iba a clase. Por la tarde tenía prácticas de laboratorio, después me empleaba para hacer recados en una tienda, y luego estudiaba hasta media noche. Por aquel entonces estaba enamorado de una chica cuyo marido trabajaba por las noches, y naturalmente yo no dormía mucho desde la media noche hasta la mañana siguiente. ¡Qué tiempos aquellos!
[51-2]
&

Por regla general, Ed era capaz de ver a los seres humanos con una clara objetividad. Podía dar el consejo mejor y más valioso, basado en un gran conocimiento y comprensión. Sin embargo, cuando los fuertes vendavales del amor le sacudían, todo esto cambiaba. Entonces su objetividad desaparecía. El objeto de su afecto no tenía nada que ver con el retrato que hacía Ed. Era sólo el marco con el que envolvía a una mujer. […] Él la creaba a su modo, le daba forma, inventaba su apariencia y la adornaba con un talento y sensibilidad, que no sólo resultaban asombrosos, sino que eran categóricamente falsos. Entonces la mujer en proceso llegaba con sorpresa a la conclusión de que le gustaba la poesía que nunca había oído, y se sentía atraída por una música cuya existencia también desconocía. Se volvía hermosa, pero en ninguno de los aspectos que le eran familiares. En cuanto a sus ideas… bueno, sus ideas eran lo que más le sorprendía, ya que no había creído tenerlas.
[54]
&

Antes de que el amor enturbiara su visión, Ed poseía un ojo agudo para las mujeres. Apreciaba con entusiasmo una boca bien dibujada, un pecho exuberante, un trasero firme, y también se fijaba en otras cosas tales como la forma de los pies, la estructura de los dedos, el lóbulo de la oreja, los dientes, el movimiento de las caderas al andar… Lo contemplaba todo con alegría y agradecimiento. Siempre se sentía satisfecho de que el amor y las mujeres fuesen lo que eran, o lo que él imaginaba que eran.
[56-7]
&

Pero por encima de todos los placeres de Ed, había una trascendental tristeza en su amor… algo que deseaba o echaba de menos, una búsqueda, que a veces llegaba al pánico. No sé qué era lo que deseaba, pero sé que siempre lo buscaba sin encontrarlo. Tal vez hallara algo en la música. Era como una nostalgia profunda e interminable… una sed y pasión por “regresar a casa”.
[57]
&

—Bach casi lo logró. Escucha ahora cuánto se acerca, y fíjate en su ira cuando no puede. Cada vez que lo oigo, creo que ha llegado el momento y que penetra la luz. Pero nunca lo consigue del todo…
Naturalmente, era él mismo quien deseaba alcanzar la luz con desesperación.
[57]
&

He intentado aislar y examinar el gran talento que poseía Ed Ricketts, y que le hizo tan querido y necesario, y ahora que está muerto le hace ser tan echado de menos. Era un hombre interesante y encantador, pero tenía otras cualidades que superaban a éstas. He pensado que tal vez era su habilidad para recibir, para recibir algo de alguien, y hacer que el regalo pareciera muy hermoso. A causa de esto, todos se sentían felices dando algo a Ed… un regalo, un pensamiento, cualquier cosa.
[68-9]
&

Quizá la más apreciada de nuestra lista de virtudes aparentes es ésa de dar. El dar construye el ego del que da, le hace sentirse superior, más algo y más grande que el que recibe. Casi siempre, el dar es un placer egoísta, y en muchos casos, es algo destructivo. Uno no tiene más que recordar a algunos de nuestros rapaces financieros, que pasan dos tercios de sus vidas amasando su fortuna a costa de la sociedad, y el último tercio, devolviéndola. No es suficiente suponer que su filantropía es una especie de restitución asustada, o que sus naturalezas cambian cuando tienen bastante. Una naturaleza así nunca tiene bastante, y no cambia con tanta facilidad. Yo creo que el impulso es el mismo en ambos casos, pues el dar puede proporcionar el mismo sentido de superioridad que el recibir, y la filantropía puede ser otra clase de avaricia espiritual.
[69]
&

Dar es fácil, y se recompensa con exquisitez. Recibir, en cambio, si se hace bien, requiere un buen equilibrio de autoconocimiento y amabilidad. Requiere humildad, tacto y una gran comprensión de las relaciones humanas. Cuando recibes, no puedes parecer, ni siquiera a ti mismo, mejor, más fuerte o más inteligente que el que te da. Para recibir se requiere un poco de estimación propia, gustarse uno a sí mismo.
[69]
&

Una vez, Ed me dijo:
—Durante mucho tiempo no me gustaba a mí mismo. —No lo dijo con autocompasión, sino como un hecho infortunado—. Fue una época muy difícil y muy dolorosa. No me gustaba a mí mismo por varias razones, algunas de ellas válidas, y otras pura fantasía. No me gustaría volver a aquellos días. Luego —prosiguió— descubrí gradualmente, con sorpresa y placer, que yo gustaba a mucha gente. Y pensé: si les puedo gustar a ellos, ¿por qué no puedo gustarme a mí mismo? Con sólo pensarlo no lo conseguí, pero lentamente aprendí a gustarme a mí mismo, y entonces ya todo fue bien.
[69-70]
&

Esto no fue dicho con amor propio, sino con autoconocimiento. Había querido decir literalmente, que aprendió a aceptar y a gustar la persona “Ed”, tal como gustaba a otra gente. Esto le proporcionó una gran ventaja. La mayoría de las personas no se gustan, desconfían de ellas mismas, y se colocan máscaras. Se pelean, presumen, disimulan y sienten celos, porque no se gustan a ellas mismas. Pero la mayoría no se conocen lo suficiente para poderse gustar.
[70]
&

Una vez Ed fue capaz de gustarse a sí mismo, fue liberado de la prisión secreta del autodesprecio. Ya no tuvo que probar su superioridad por ninguno de los sistemas ordinarios, incluyendo el de dar. Podría recibir, comprender, y sentirse contento por ello.
[70]

___________
*Relato precedente a “la última parte de este libro”:
Por el mar de Cortés [The Log from the Sea of Cortez],
trad. Teresa Gispert, Caralt, 1968, 445 pp.
(el relato va de la p. 7 a la 71; el resto, que describe la expedición, de la 77 a la 445…)]