jueves, 15 de julio de 2010

Malcolm Lowry

UN PUÑADO DE POEMAS

Versiones de Gerardo Lino









THE FLOWERING PAST



There is no poetry when you live there.

Those stones are yours, those noises are your mind,

The forging thunderous trams and streets that bind

You to the dreamed-of bar where sits despair

Are trams and streets: poetry is otherwhere.

The cinema fronts and shops once left behind

And mourned, are mourned no more. Strangely unkind

Seem all new landmarks of the now and here.

But move you toward New Zealand or the Pole,

Those stones will blossom and the noises sing,

And trams will wheedle to the sleeping child

That never rests, whose ship will always roll,

That never can come home, but yet must bring

Strange trophies back to Ilium, and wild!





EL PASADO FLORECIENTE



No hay poesía cuando vives ahí.

Esas piedras son tuyas, esos ruidos son tu mente,

Los retumbantes vehículos y calles que te atan

A la barra soñada donde se sienta la desesperación

Son vehículos y calles: la poesía está en otro lado.

Las marquesinas de los cines y las tiendas dejados atrás

Y llorados, ya no son llorados. Raramente desatentas

Parecen las nuevas referencias del ahora y el aquí.

Pero vete hacia Nueva Zelanda o al Polo:

Esas piedras florecerán y los ruidos cantarán,

Y los vehículos sonsacarán al niño durmiente

Que nunca descansa, cuyo barco siempre bogará,

Que nunca puede venir a casa, pero aún debe traer

Trofeos extraños de regreso a Ilión, y salvajes!





[Este y otros diecisiete poemas de Lowry con sus versiones pueden leerse en la sección de Textículos]

sábado, 3 de julio de 2010

Otra lección

Ahora de Alemania:

el futbol no se hace con la boca...


Olafur Eliasson, Double Sunset, Utrecht

Nada está escrito

Virtudes del tiempo lento

El Loco Abreu la hizo como Zidane hace cuatro años, aunque no como un maestro sino como el loco que es.

Holanda le dio una bonita lección a los creídos y a sus creyentes; me alegro.

Así que, después del 11 de julio, permítanse pensar que

Nada está escrito

en






















Jackson Pollock, Untitled,
black and colored inks on rice paper,
63.5 x 99.1 cm. circa 1951.

miércoles, 30 de junio de 2010

Sépticas 2

TEXTO Y POEMA
Gerardo Lino





Una palabra sobre dos palabras. Julanito de Sal creyó durante cierta temporada que el término ‘texto’ era inferior a ‘poema’. No solo que fuera más general, que eso cualquier taxónomo puede colegirlo, sino que tales vocablos se regían por una especie de estatuto axiológico, más allá de lo literario y todavía más lejos de su carácter lingüístico; peor: a los pobres “textos” los miraba con desprecio, ese humor mixto que se desprende del encono, al mismo tiempo que otorgaba el lauro de la palabra ‘poema’ a selectos especímenes que hubieren cubierto con creces exigencias elevadísimas. No habría sido tan malo de haberse atenido a la cosa textual, pero lo llevaba al campo de la vida diaria; de modo que solo eran poetas los que hacían, recuérdese, po-e-mas, seguramente como los suyos; con lo que el resto de los mortales quedaba en puras piltrafas, ripios y retazos con hueso. No supe qué creería con los años mi estimado Julanito, pues dejé de oírlo, pero como medio mundo sabe, vivir bajo el influjo de una creencia no se quita con la edad sino que afecta incluso las neuronas de la lucidez.

Sabemos que el asunto es más simple y que no tiene la menor importancia, pero me ha recordado a aquella estudiante de letras que un buen día se encontró a una antigua compañera de colegio. Ambas, ya cuarentonas, se saludaron con las efusiones del caso, pues no se habían visto desde sus años mozos. Les daré nombres antes de proseguir: que la estudiante se llame Alisa; la otra, siendo emperifollada como iba, se llamará Peri. Alisa le preguntó qué había sido de su vida. Y Peri se dio vuelo:

—Te acuerdas que entré a la UMCA [Universidad Más Cara de las de por Aquí]; pues no me lo vas a creer: me casé con el millonario más guapo.

—¡Estupendo, magnífico, me parece sensacional! —dijo Alisa—. Y ¿luego?

—Tenemos una mansión en Los Cabos, nuestra residencia en Santa Fe y dos veces al año vamos a Europa a estar en nuestro chalet suizo.

—¡Estupendo, magnífico, me parece sensacional! Y ¿qué más?

—Nuestros hijos, tuvimos dos, van a los mejores colegios; el mayor ya está por entrar a un college de Londres.

—¡Estupendo, magnífico, me parece sensacional!

—Bueno, pero dime, ¿y tú? —repuso Peri con fingida curiosidad.

—Ah, yo estudié letras.

—Ah, ¿y eso? qué, qué haces, para qué sirve, o sea.

Para evitar el engorro de explicaciones incomprensibles, Alisa optó por una salida simple:

—¿Te acuerdas de que yo era tan mal hablada?

—Sí, cómo no, ¡qué bárbara!, no te medías…

—Pues por ejemplo —dijo Alisa—: al ver unos perros en la calle, decía: “pinches perros flacos”; en cambio ahora digo: “míseros canes escuálidos”.

—Oh —exclamó Peri.

—O para soportar a una encopetada, decía: “me vale madres, pobre pendeja”; en cambio ahora digo: “¡Estupendo, magnífico, me parece sensacional!”

jueves, 27 de mayo de 2010

TRES VERSIONES DE AYALA

Gerardo Lino



1


Ayala fue el último en bajar del camión. Con su indiferencia de siempre, caminó las siete calles que lo separaban de la cantina de sus viejos tiempos. No se percató de lo cambiada que estaba la ciudad: entró como si quisiera curarse la de ayer sin ver mas que al nuevo barman platicando divertidamente con tres clientes que ni siquiera voltearon a ver al viejo Ayala que en otros días era recibido con palmadas y gritos y albures y uno que otro abrazo. Su indiferencia encontró el frío y en su desconcierto no supo qué decir: si pedir “mi copa” o pedir un roncito o seguir callado. Ojeó rápidamente su entrañable “cueva” y un calosfrío lo estremeció cuando no vió una sola cosa en su lugar, ni una sola silla de las que había, ni una mesa, ni sinfonola, ni privado. Después buscó ávidamente alguno de sus antiguos amigotes; aunque estuvieran calvos y canosos, los hubiera estrechado en sus brazos y tal vez besado y llorado con ellos su desconsuelo de haber perdido un tiempo lejano y un lugar y unos compañeros que ya no se asomaban cada cinco o veinte minutos para tomarse un roncito y hablar y confidenciar y cantar y tramar aventuras y contar anécdotas o ponerse de vez en cuando a llorar por los días lejanísimos en que ya no pudieran hacer todo esto.

[8-12-83]


2


Ayala fue el último en bajar del camión. En la única maleta que traía, no guardaba nada que mantuviera el recuerdo de los años pasados fuera de la ciudad a la que hoy regresaba con intensos deseos de recuperar los buenos tiempos vividos en la cantina a la que ya se había acercado con pasos rejuvenecidos por la expectativa. Entró sin fijarse en nada y pidió como siempre lo había hecho, “mi trago, Güicho”, al momento que se acomodaba en la barra, pero nadie acudió a su llamada, ni lo saludaron los viejos conocidos, ni hubo gritos de bienvenida, ni uno solo que se acercara a saludarlo, ni nada. Vió que el cantinero seguía conversando animadamente con otros desconocidos y paseó su sorpresa por aquél lugar totalmente extraño para él y se preguntó si no se habría equivocado de cantina; se fijó en los parroquianos que ni lo habían mirado y se preguntó con temor si no se habría equivocado de ciudad; observó que ninguno de los viejos ahí presentes era de su vieja guardia y se preguntó con miedo si no se habría equivocado de tiempo. Pidió, para aclararse, su marca favorita de ron, y le contestaron con sorna, que “eso aquí no se vende, viejo”. Salió con premura a la calle y lloró al no poder reconocer la ciudad de sus juventudes: no había mas que rastros de un pasado extinguido y despreciado por los ímpetus de la modernidad; no había nadie con quien revivir los años ni los sueños; no había mas que hostilidad y olvido; no había para él, dónde caerse muerto.

[8-12-83]


3


Ayala fue el último en bajar del camión. Con la ansiedad, dejó tirada la maleta en la que no traía nada que le recordara los años pasados lejos de su querida ciudad. Con la velocidad que le permitían sus piernas lerdas, llegó al refugio de sus años buenos y sin más, pidió su trago como si ayer hubiera venido, pero se sorprendió al ver que el cantinero no era el mismo, además que nadie lo saludó, ni lo abrazó, ni lo invitó a sentarse como lo hacían los antiguos parroquianos que, como observó, ya no acudían a reunirse como “siempre” a las dos de la tarde, ni había amigos que contaran anécdotas graciosas, ni el ambiente de cordialidad que calentaba la dureza de sus vidas, ni existían compañeros que se acercaran a confesar sus aventuras o a consultar sobre los problemas cotidianos, nada estaba en la disposición de antes y nadie parecía moverse. Todos bebían algo así como su soledad o la inmensa desolación de una ciudad en la que no había mas que ausencia de los viejos sueños y abundancia de una amargura que lo invadió violentamente hasta que salió de ahí con una sonrisa que denotaba su certeza de que era el único fantasma de una generación que se extinguía a cada paso que daba en el silencio de su decepción y las invencibles ganas de llorar y de correr y de morirse en el lugar anhelado sin poder hacer nada de esto.

[8-12-83]




GLOSA PERSPICUA



Ayer encontré los papeles mecanografiados que contienen los textos precedentes. He transcrito tal cual quedaron en la fecha indicada, sin quitar ni poner una sola coma —aunque hay tres o cuatro que ahora cambiaría—, sin sustituir ciertas palabrejas como el verbo ‘percatar’ —que ahora me cae gordo— y he dejado la tilde en el monosílabo ‘vio’, que ya no debería llevar desde la década de los sesenta si no me equivoco pero que por inercias de viejas costumbres aún ponía hace casi veintisiete años —cuando tuve veintisiete años de edad—; asimismo dejé la errata de aquél, yerro antes y después de la Ortografía de la Real Academia Española de 1999. Hay giros y figuras deleznables, pero he resistido en mi propósito de transcribir intactos aquellos ejercicios. El apellido del personaje no alude a persona conocida alguna; lo he dejado igual aunque varios ya están pensando en quien yo no pensaba cuando redacté este falso vislumbre de futuro sobre los lomos helados de Chignahuapan —lo falso quizás estribe en que tal absurda nostalgia juvenil no ocurre de ese modo después de los cincuenta: al menos a mí se me hace más leve no tener que verse en medio de lo mismo.

[3-V-10]