lunes, 28 de julio de 2008

Lex, dura lex

Del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce

SATAN, n. One of the Creator’s lamentable mistakes, repented in sashcloth and axes. Being instated as an archangel, Satan made himself multifariously objectionable and was finally expelled from Heaven. Halfway in his descent he paused, bent his head in thought a moment an at last went back. “There is one favor that I should like to ask,” said he.
“Name it.”
“Man, I understand, is about to be created. He will need laws.”
“What, wretch! you his appointed adversary, charged from the dawn of eternity with hatred of his soul — you ask for the right to make his laws?”
“Pardon; what I have to ask is that he be permitted to make them himself.”
It was so ordered.

http://www.thedevilsdictionary.com/

SATÁN, n. Uno de los errores lamentables del Creador, arrepentido de investiduras y alianzas. Aunque fue proclamado arcángel, Satán se volvió detestable por una diversidad de factores, y al fin fue expulsado del Paraíso. A medio camino de su descenso se detuvo, se concentró en un problema por un instante y se regresó. “Hay un favor que me gustaría pedir”, dijo.
—Dilo.
—Tengo entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes.
—Qué, infeliz!, tú, su enemigo predestinado, repleto desde el amanecer de la eternidad con el aborrecimiento de su alma, tú pides el derecho de hacer sus leyes?
—Perdón; lo que solicito es que se le permita hacerlas por sí solo.
Así fue ordenado.

(Versiones de Gerardo Lino)

jueves, 19 de junio de 2008

Algodones para la política

Del Diccionario del Diablo de Ambrose Bierce:

REPUBLIC, n. A nation in which, the thing governing and the thing governed being the same, there is only a permitted authority to enforce an optional obedience. In a republic, the foundation of public order is the ever lessening habit of submission inherited from ancestors who, being truly governed, submitted because they had to. There are as many kinds of republics as there are graduations between the despotism whence they came and the anarchy whither they lead.

Visítese: The Devil's Dictionary: http://www.thedevilsdictionary.com/

REPÚBLICA, n. Nación en que, siendo lo mismo la cosa gobernante y la cosa gobernada, solamente hay una autoridad con licencia para imponer una obediencia opcional. En una república, la fundación del orden público radica en el siempre degradante hábito de la sumisión heredado de los ancestros quienes, siendo gobernados de verdad, se sometieron porque tenían que hacerlo. Hay tantas clases de repúblicas como grados entre el despotismo del que proceden y la anarquía hacia donde las conducen.


Y estos renglones de Fernando Pessoa:

“El más honesto y desinteresado de los políticos y de los gobernantes nunca puede saber con certeza si no está arruinando a su país o a una sociedad con los principios o leyes que él juzga sanos, con los que pretende salvarla. Es evidente que cuanto más interviene el Estado en la vida espontánea de la sociedad, mayor riesgo tiene de perjudicarla. La violación de las leyes naturales tiene sanciones automáticas a las que nadie puede sustraerse. Los riesgos y los perjuicios de la administración por el Estado están en relación directa con la extensión con la que interviene en la vida social espontánea.”

jueves, 30 de agosto de 2007

Fragilidades

Taedium vitae
Saudade
Spleen
Acedia
Fastidio
Desespero
Irritabilidad
Furor divino
Extenuación
Desgano
Desidia
Fatiga
Tristeza
Abatimiento

Todas esas palabras, y más, conceptos y males, imaginarios y verdaderos, climáticos, ciclotímicos, hipocondríacos, biliosos, entre las tantas formas que toman los humores, variadas caras documentadas o inenarrables episodios de la psicosis, proclividad por lo tenebroso o simples grises rainy days, desde el nada querer (quizás el Lisbon revisited sea una muestra clave, en la obra de Pessoa, de escritura provocada por estas pesadumbres), la postergación sistemática de las ocupaciones, el casi deseado acumulamiento de los deberes (ese “preferiría no hacerlo”, captado con mano maestra por Melville), los llantos inopinados, seguidos de iguales inesperadas manifestaciones de alegría (voz negativa y sintomática; étimo: sin acritud, sin lágrima), de ganas llenas de propósitos que con la misma fuerza se desvanecen la misma hora, celos o miedo, delirios y visiones, hasta el impulso desencadenado de matar a alguno, empezando talvez por uno mismo, cabían en la monstruosa, calamitosa y epidémica melancolía.

Ahora las vamos guardando, y se ponen rancias, inútiles, ajadas, o son rescatadas de los anaqueles de los archivos muertos, se revitalizan, se extrapolan, de la inacción a los gritos, de la penumbra a las exhibiciones, de la locuacidad al estarse callado sin motivo, de la flojera auspiciada por la tele hasta el consumo metódico de bebedizos o la incontenible avidez de ingerir cualquier pastilla que parezca panacea, del insomne insomnio a unas inmensas ganas de dormir (no me despierten hasta que se acabe el mundo), en la ultramoderna palabra ‘depresión’.

¿Quién que sea no ha estado algunas veces triste? Es normal, es natural, es sano. Desahogarse, cualquiera lo ha probado, alivia, y se halla cierta voluptuosidad en el llanto. Malo, cuando ese estado se prolonga por horas en la noche, por días en la semana, por años en la vida: ya no es otro “estado de ánimo”, mucho menos una “manera de ser”, sino una enfermedad compleja que debe tratarse como tal, pero no sólo con fármacos, sino con delicada atención. Podría el enfermo quedarse catatónico de pura química si no tuviera enfrente la voz y la escucha de algún acompañante (¿Estás aún ahí? ¿Estás aquí conmigo?). Y al revés: podrá la familia entera estar pendiente, solícita, de las modificaciones del humor del consentido, y sin darse cuenta contagiarse del mal de modo lento, precipitándose como magma hacia los arrebatos, si no le acercan las soluciones eficaces de la medicina.

O que se cure escribiendo sobre lo que le ocurre. Eso han aconsejado los probos. Eso hizo Robert Burton. En la Introducción a su estimulante estudio The Worlds of Renaissance Melancholy: Robert Burton in Context, Angus Gowland refiere que el célebre autor de The Anatomy of Melancholy [1621] optó por estudiarla para prescribir medios de prevenir y curar tan extendida enfermedad, “an Epidemicall disease, that so often, so much crucifies the body and minde”, si bien declara el mismo Burton que, afligido de lo mismo, “I write of Melancholy, by being busie to avoid Melancholy”, siguiendo la máxima de Séneca, “Ocio sin letras: muerte y sepultura viva del hombre”, por el antiguo procedimiento de “expell clavum clavo, comfort one sorrow with another, idlenes with idlenes”: consolar un pesar con otro, ocio con ocio. Y escribió (“playing labor”), aunque no hundiéndose en sus propias peligrosas ocurrencias, sino como un lector crítico, como eran los humanistas de su tiempo, es decir que anotaba rigurosamente en los márgenes los libros que leía, o discutiendo en hojas sueltas, todo lo que hubiera entre antiguos y modernos al respecto, según cuenta Gowland, que ha revisado su biblioteca.

Keats, que debió tener noticia de Burton, anuncia sus remedios en la Oda, y el premio que le espera al más contento. Imagínese la perversión de su aforismo: “Lo que la imaginación capta como Tristeza debe ser verdad; hubiera existido o no.”

Melancólico también resulta que ese deseable libro de Gowland, publicado en noviembre de 2006 por la Cambridge University Press (356 páginas), cueste un poco más de novecientos pesos...

jueves, 16 de agosto de 2007

Oda sobre la Melancolía, de John Keats


I


No, no, no: no vayas al Leteo, ni quebrantes
Acónito, raíz tiesa, por su vino tóxico;
Ni pruebe tu frente incolora a ser besada
Por belladona, uva rubí de Proserpina;
Tampoco hagas tu rosario de moras infectas,
Ni dejes que la polilla, ni el escarabajo
Sean tu Psique gemebunda, ni el búho tenue
Un compañero en los secretos de tu congoja;
De sombra en sombra quedarás harto aletargado,
Y se sumergirá la angustia insomne del alma.


II


Pero si cayera recia la melancolía
Súbita del cielo como nube lacrimosa,
Que cultiva toda flor de cabeza rendida,
Y cubre la loma verde en mortaja de abril,
Vuelca tu desdicha en una rosa tempranera,
O sobre el arcoiris de la ola salada,
O en la bienandanza de las peonias rotundas;
O si tu dueña muestra cierta ira mayor,
Apresa su mano blanda, y deja que delire,
Y nútrete a fondo ante sus ojos sin igual.


III


Ella mora con Belleza —que habrá de morir—;
Con Júbilo, cuya mano siempre está en sus labios
Diciendo adiós; y cerca el doloroso Placer,
Se hace veneno al sorber una boca de abeja:
Así! en el santuario mismo de la delicia
Tiene su altar soberano la Melancolía,
Aunque guarde a aquel cuya lengua vigorosa
Revienta contra el paladar la uva de Júbilo:
Su alma probará la angustia de su poderío,
Y estará colgado entre sus lánguidos trofeos.




Ode on Melancholy


I


No, no, go not to Lethe, neither twist
Wolf’s-bane, tight-rooted, for its poisonous wine;
Nor suffer thy pale forehead to be kiss’d
By nightshade, ruby grape of Proserpine;
Make not your rosary of yew-berries,
Nor let the beetle, nor the death-moth be
Your mournful Psyche, nor the downy owl
A partner in your sorrow’s mysteries;
For shade to shade will come too drowsily,
And drown the wakeful anguish of the soul.


II


But when the melancholy fit shall fall
Sudden from heaven like a weeping cloud,
That fosters the droop-headed flowers all,
And hides the green hill in an April shroud;
Then glut thy sorrow on a morning rose,
Or on the rainbow of the salt sand-wave,
Or on the wealth of globed peonies;
Or if thy mistress some rich anger shows,
Emprison her soft hand, and let her rave,
And feed deep, deep upon her peerless eyes.


III


She dwells with Beauty — Beauty that must die;
And Joy, whose hand is ever at his lips
Bidding adieu; and aching Pleasure nigh,
Turning to poison while the bee-mouth sips:
Ay, in the very temple of delight
Veil’d Melancholy has her sovran shrine,
Though seen of none save him whose strenuous tongue
Can burst Joy’s grape against his palate fine;
His soul shall taste the sadness of her might,
And be among her cloudy trophies hung.

jueves, 2 de agosto de 2007

De la indolencia diligente

Keats nunca había jugado cricket. El jueves 18 de marzo de 1819, al tomar el bate por primera vez —ya tenía 23 años— le dieron un pelotazo en un ojo. Al día siguiente, escribió en una carta a sus hermanos George y Georgiana:

Esta mañana estoy en una especie de talante indolente y descuidado al máximo: voy ansioso tras una estrofa o dos del Castillo de la indolencia de Thompson — Mis pasiones están todas dormidas por haber dormitado hasta aproximadamente las once y haber debilitado la fibra animal de cualquier lugar de mí en una deliciosa sensación alrededor de tres grados por este lado de la debilidad — si tuviera dientes de perla y aliento de lirios lo llamaría languidez — pero tal como estoy (porque tengo un ojo morado) tengo que llamarlo Pereza — En este estado de afeminamiento las fibras del cerebro están relajadas en consonancia con el resto del cuerpo, y hasta tal grado de felicidad que el placer no tiene muestras ni de atracción ni de dolor ni de fastidio insoportable. Ni la Poesía, ni la Ambición ni el Amor tienen ninguna expresión de viveza cuando pasan por mí: parecen más bien como tres figuras en un vaso griego — un Hombre y dos mujeres — a quienes nadie salvo yo podría distinguir en su disfraz. Es esta la única felicidad; y es un raro ejemplo de la superioridad del cuerpo que subyuga a la Mente.

(Cartas, John Keats, traducción de Mario Lucarda, Icaria-Bosch, Barcelona, 1982.)

Esta descripción contiene el germen que constituiría el relato de la “Oda sobre la Indolencia” (¿constituiría?; más bien, sin recurrir a biógrafos ni a otros eruditos, creo que cuando refirió esto, la Oda ya estaba hecha; al menos así suele ocurrir: está completo el poema, se escribe, se corrige, se comenta; al revés, suele quedarse en eso: en charla, en sueño, en proyecto). Extraigo unos renglones:

“Una mañana vi tres figuras ante mí, [...] La bendita nube de indolencia veraniega / Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía; [...] Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente / Desocupada en absoluto, excepto —la nada? [...] —dulce modorra de las tardes, [...] Oh, por una edad tan protegida de fastidios, / Que pude saber nunca cómo cambian las lunas, / U oír la voz del ansioso sentido común! [...] Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?”

Notemos por lo pronto esa “indolencia diligente” como él llamaba a su actividad. Pareciera decirnos que los poetas, como los lirios del campo, No se esfuerzan ni hilan (frase de Mateo 6:28 que usó de epígrafe, como puede verse en la inserción anterior).
En el más digno de fe Rey Jesús, de Robert Graves, se dice que era una de las canciones que componía “el sabio y poeta” para prevenir a hombres y mujeres contra la ambición y las rutinas que pueden apartarlos de “la contemplación del reino de Dios”).

Resulta de lo más cómodo imaginarse al joven inglés tendido entre las hierbas de un prado primoroso, mirando una gota de rocío por ahí, el vástago atorado en la ventana, las nubes sin amenaza alguna, hueco de aprensiones: la pura y carísima indolencia.
“Juzgará de mi estado de ánimo en 1819 cuando le diga que la cosa con la que más he disfrutado este año ha sido escribiendo una oda a la Indolencia.” (Carta a Mary-Anne Jeffery, 9 de junio de 1819.)
Podemos recordarlo, sí: ápice insular de il dolce far niente, figurándose al Amor y a la Ambición e incluso a su consentido daímon (“muchacha más atrevida”) la Poesía, como Apariciones venidas a él, que nada quiere sino su ocio, y las desdeña y las despide sin ganas de volver a verlas. Sí: pero lo escribió.

Porque antes de poder entregarse sin más a tal desfachatada holgazanería, el joven Keats había seguido el consejo de Horacio: sapere aude: atrévete a saber!
Tardes y mañanas en el Paradise Lost, el Quijote, el Inferno (no eran unos antros); examinando a Wordsworth con distancia, a Coleridge con deleite, a Byron con admiración, a Shelley en pequeñas dosis; y por encima de todos a Shakespeare una y otra vez.
Podría incluso haberse conformado con sus lecturas y seguir en su propia complacencia. Y sin embargo compuso líneas memorables: “Lo que la imaginación capta como Belleza tiene que ser verdad; haya existido antes o no.” (Carta a Benjamin Bailey, 22 de noviembre de 1817.)

A pesar del entorno que le ha tocado —a siglos del fulgor mítico, cerca de las supersticiones de moda—, el poeta escribe. Pudo haberse quedado en la mera contemplación: pueriles juegos imaginarios, memoria de antiguas lecturas, sonidos deliciosos. Pero no: asume su condición, con el pensamiento de la ociosidad que no puede estar ociosa.
Entonces:

A Thing of beauty is a joy for ever:

viernes, 20 de julio de 2007

Oda sobre la Indolencia, de John Keats

No se esfuerzan ni hilan.

I
Una mañana vi tres figuras ante mí,
De perfil, manos juntas y cuellos reverentes.
Avanzaban serenas, una detrás de la otra,
Luciendo sandalias finas y exquisitas túnicas.
Se fueron, como efigies de una urna de mármol,
A la que se gira para ver el lado opuesto.
Regresaron; como cuando se gira otra vez
La urna, retornaron las sombras del principio.
Y me parecieron raras, como le ocurriera
Con ánforas a un perito en la escuela de Fidias.

II
Cómo es eso, Sombras! que no las reconocí?
Cómo vinieron en tan sigiloso disfraz?
Era una secreta conspiración intrincada
Para robar, y dejar sin un solo quehacer
Mis inactivos días? Maduro era el sopor;
La bendita nube de indolencia veraniega
Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía;
Sin aguijón el dolor, sin guirnalda el placer:
Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente
Desocupada en absoluto, excepto —la nada?

III
Pasaron por tercera vez, y, al pasar, volvía
Cada una el rostro un breve momento a mirarme.
Desaparecieron; y por seguirlas ardí
Y me quejé por unas alas: las conocía:
Una, Dama encantadora, Amor era su nombre;
Ambición, la segunda, de pálidas mejillas,
Y siempre vigilante con ojo fatigado;
La última, a quien más amo, la que más cargas
Acumula en ella, muchacha más atrevida—
La conozco por ser mi demónica Poesía.

IV
Se desvanecieron, y, ¡de veras! quise alas:
Necio de mí! Qué es el amor! y dónde estará?
Y por una Ambición indigente! La que salta,
Corta convulsión, del alma anodina de un hombre.
Por Poesía! —no —ella no tiene ni un gozo.
Al menos por mí —dulce modorra de las tardes,
Crepúsculos hundidos en melosa indolencia;
Oh, por una edad tan protegida de fastidios,
Que pude saber nunca cómo cambian las lunas,
U oír la voz del ansioso sentido común!

V
Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?
Mi sueño se bordaba con sueños imprecisos;
Mi espíritu era un césped salpicado de flores,
Siluetas excitantes y destellos pasmosos:
Se nubló la mañana, pero no hubo aguaceros;
Tiernos lloros de Mayo colgaban de su párpado;
El postigo abierto apresó un renuevo de vid,
Dejándolo en silbo de zorzal y brote cálido.
Oh Sombras! era ya la hora de separarnos!
Sobre sus faldas no han caído lágrimas mías.

VI
Por eso, Espectros, adiós! No pueden levantarme
La cabeza recostada en el prado florido;
Porque no merendaría yo con alabanzas:
Un corderito en una farsa sentimental!
Desaparezcan de mi vista, y vuelvan a ser
Figuras de mascarada en la urna ilusoria.
Que les vaya bien! Hay visiones para la noche;
Para el día, tengo reunidas visiones tenues.
Piérdanse, Fantasmas! de mis ociosas visiones,
Dentro de las nubes, y nunca jamás regresen!

jueves, 12 de julio de 2007

Idólatras ignaros

A John Keats lo consternó la contemplación de los Mármoles de Elgin, al pensar en la belleza desaparecida de la época clásica. Acaso fue más y fue menos de lo que se hubiera esperado de esas representaciones de los mitos: lo hemos visto en el soneto anterior (que en realidad es el segundo de ambos; el primero lo reservé a propósito para este momento).

Se ha dicho de Keats que no era un erudito del universo griego y sin embargo con sus lecturas —su “indolencia diligente”— lo había intuido y llevado a otra forma del conocimiento en sus poemas. Para él —según el primero de sus “pocos axiomas” compartidos en una carta a John Taylor, editor y amigo suyo—, “la Poesía debería sorprender al Lector como una formulación verbal de sus propios pensamientos más elevados, y parecer casi como un Recuerdo” (27-II-1818).

Sin haber ido jamás a la Acrópolis o al nuevo museo de Atenas; sin estar en presencia de esos trozos en el Museo Británico; aun si en la vida los hubiéramos visto, ni siquiera en una foto, podríamos afirmar que hay esplendor en esos mármoles; eso es claro: gracias al soneto de Keats.

Sin embargo aquello que evocan, el íntegro mundo al que pertenecían y daban sentido, no existe —como fue— por mucho que lo soñemos y entreguemos horas a su discusión y traducciones y teorías sobre la voz teorein y así
—quién se resignaría a quedarse en este mundo sensible, lleno de fuegos fatuos, cuando pudo estar en los campos reales de las Ideas, en los dominios de la Belleza —abro los ojos y es Verdad—, Topos Uranós, ese inasible, inteligible...

“Vuelve al sabor de la tierra después de conocer la Intemperie.”

Arriba decía que esa visita resultó ser menos de lo que se hubiera esperado; porque Keats había ido al recinto londinense a instancias de su amigo Benjamin Haydon. Pero fue más: porque pudo al mismo tiempo observar a los hombres con las miradas perdidas, sin otro asombro que el recibido por la corriente de moda: muestras más contundentes de la degradación: infortunados idólatras.
En seguida de estos exabruptos —que podrían emparentarnos con los fanáticos—, aquel primer soneto de su visita:

To Haydon, with a Sonnet Written on Seeing the Elgin Marbles

Haydon! forgive me that I cannot speak
Definitively on these mighty things;
Forgive me that I have not Eagle’s wings —
That what I want I know not where to seek:

And think that I would not be over meek
In rolling out upfollow’d thunderings,
Even to steep of Heliconian springs,
Were I of ample strength for such a freak —

Think too, that all those numbers should be thine;
Whose else? In this who touch thy vesture’s hem?
For when men star’d at what was most divine
With browless idiotism — o’erwise phlegm —

Thou hadst beheld the Hesperean shine
Of their star in the east, and gone to worship them.


A Haydon, con un soneto escrito al observar los Mármoles de Elgin

Discúlpame Haydon! porque yo no puedo hablar
De modo tajante sobre estas cosas potentes;
Discúlpame que no tenga las alas de un Águila.
Que aquello que deseo no sepa dónde hallarlo:

Creo que no podría vencer la timidez
Para rodar tras los retumbos de los relámpagos,
Ni en las enhiestas espirales del Helicón
Tendría pleno vigor para un prodigio igual—

Y esos números —claro— deberían ser tuyos:
De quién más? Quién toca en esto la orla de tu manto?
Al fijarse los hombres en lo que fue más divino

Con idiotismo sin expresión —flema sabihonda—
Habías percibido el fulgor de las Hespérides
De su estrella del Oriente —y fuiste a adorarlos.

