De la indolencia diligente
Keats nunca había jugado cricket. El jueves 18 de marzo de 1819, al tomar el bate por primera vez —ya tenía 23 años— le dieron un pelotazo en un ojo. Al día siguiente, escribió en una carta a sus hermanos George y Georgiana:
Esta mañana estoy en una especie de talante indolente y descuidado al máximo: voy ansioso tras una estrofa o dos del Castillo de la indolencia de Thompson — Mis pasiones están todas dormidas por haber dormitado hasta aproximadamente las once y haber debilitado la fibra animal de cualquier lugar de mí en una deliciosa sensación alrededor de tres grados por este lado de la debilidad — si tuviera dientes de perla y aliento de lirios lo llamaría languidez — pero tal como estoy (porque tengo un ojo morado) tengo que llamarlo Pereza — En este estado de afeminamiento las fibras del cerebro están relajadas en consonancia con el resto del cuerpo, y hasta tal grado de felicidad que el placer no tiene muestras ni de atracción ni de dolor ni de fastidio insoportable. Ni la Poesía, ni la Ambición ni el Amor tienen ninguna expresión de viveza cuando pasan por mí: parecen más bien como tres figuras en un vaso griego — un Hombre y dos mujeres — a quienes nadie salvo yo podría distinguir en su disfraz. Es esta la única felicidad; y es un raro ejemplo de la superioridad del cuerpo que subyuga a la Mente.
(Cartas, John Keats, traducción de Mario Lucarda, Icaria-Bosch, Barcelona, 1982.)
Esta descripción contiene el germen que constituiría el relato de la “Oda sobre la Indolencia” (¿constituiría?; más bien, sin recurrir a biógrafos ni a otros eruditos, creo que cuando refirió esto, la Oda ya estaba hecha; al menos así suele ocurrir: está completo el poema, se escribe, se corrige, se comenta; al revés, suele quedarse en eso: en charla, en sueño, en proyecto). Extraigo unos renglones:
“Una mañana vi tres figuras ante mí, [...] La bendita nube de indolencia veraniega / Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía; [...] Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente / Desocupada en absoluto, excepto —la nada? [...] —dulce modorra de las tardes, [...] Oh, por una edad tan protegida de fastidios, / Que pude saber nunca cómo cambian las lunas, / U oír la voz del ansioso sentido común! [...] Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?”
Notemos por lo pronto esa “indolencia diligente” como él llamaba a su actividad. Pareciera decirnos que los poetas, como los lirios del campo, No se esfuerzan ni hilan (frase de Mateo 6:28 que usó de epígrafe, como puede verse en la inserción anterior).
En el más digno de fe Rey Jesús, de Robert Graves, se dice que era una de las canciones que componía “el sabio y poeta” para prevenir a hombres y mujeres contra la ambición y las rutinas que pueden apartarlos de “la contemplación del reino de Dios”).
Resulta de lo más cómodo imaginarse al joven inglés tendido entre las hierbas de un prado primoroso, mirando una gota de rocío por ahí, el vástago atorado en la ventana, las nubes sin amenaza alguna, hueco de aprensiones: la pura y carísima indolencia.
“Juzgará de mi estado de ánimo en 1819 cuando le diga que la cosa con la que más he disfrutado este año ha sido escribiendo una oda a la Indolencia.” (Carta a Mary-Anne Jeffery, 9 de junio de 1819.)
Podemos recordarlo, sí: ápice insular de il dolce far niente, figurándose al Amor y a la Ambición e incluso a su consentido daímon (“muchacha más atrevida”) la Poesía, como Apariciones venidas a él, que nada quiere sino su ocio, y las desdeña y las despide sin ganas de volver a verlas. Sí: pero lo escribió.
Porque antes de poder entregarse sin más a tal desfachatada holgazanería, el joven Keats había seguido el consejo de Horacio: sapere aude: atrévete a saber!
Tardes y mañanas en el Paradise Lost, el Quijote, el Inferno (no eran unos antros); examinando a Wordsworth con distancia, a Coleridge con deleite, a Byron con admiración, a Shelley en pequeñas dosis; y por encima de todos a Shakespeare una y otra vez.
Podría incluso haberse conformado con sus lecturas y seguir en su propia complacencia. Y sin embargo compuso líneas memorables: “Lo que la imaginación capta como Belleza tiene que ser verdad; haya existido antes o no.” (Carta a Benjamin Bailey, 22 de noviembre de 1817.)
A pesar del entorno que le ha tocado —a siglos del fulgor mítico, cerca de las supersticiones de moda—, el poeta escribe. Pudo haberse quedado en la mera contemplación: pueriles juegos imaginarios, memoria de antiguas lecturas, sonidos deliciosos. Pero no: asume su condición, con el pensamiento de la ociosidad que no puede estar ociosa.
Entonces:
A Thing of beauty is a joy for ever:
Toda reflexión situada entre el cero y el infinito es mortal para la gracia. (A.Leverkhün)
jueves, 2 de agosto de 2007
viernes, 20 de julio de 2007
Oda sobre la Indolencia, de John Keats
No se esfuerzan ni hilan.
I
Una mañana vi tres figuras ante mí,
De perfil, manos juntas y cuellos reverentes.
Avanzaban serenas, una detrás de la otra,
Luciendo sandalias finas y exquisitas túnicas.
Se fueron, como efigies de una urna de mármol,
A la que se gira para ver el lado opuesto.
Regresaron; como cuando se gira otra vez
La urna, retornaron las sombras del principio.
Y me parecieron raras, como le ocurriera
Con ánforas a un perito en la escuela de Fidias.
II
Cómo es eso, Sombras! que no las reconocí?
Cómo vinieron en tan sigiloso disfraz?
Era una secreta conspiración intrincada
Para robar, y dejar sin un solo quehacer
Mis inactivos días? Maduro era el sopor;
La bendita nube de indolencia veraniega
Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía;
Sin aguijón el dolor, sin guirnalda el placer:
Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente
Desocupada en absoluto, excepto —la nada?
III
Pasaron por tercera vez, y, al pasar, volvía
Cada una el rostro un breve momento a mirarme.
Desaparecieron; y por seguirlas ardí
Y me quejé por unas alas: las conocía:
Una, Dama encantadora, Amor era su nombre;
Ambición, la segunda, de pálidas mejillas,
Y siempre vigilante con ojo fatigado;
La última, a quien más amo, la que más cargas
Acumula en ella, muchacha más atrevida—
La conozco por ser mi demónica Poesía.
IV
Se desvanecieron, y, ¡de veras! quise alas:
Necio de mí! Qué es el amor! y dónde estará?
Y por una Ambición indigente! La que salta,
Corta convulsión, del alma anodina de un hombre.
Por Poesía! —no —ella no tiene ni un gozo.
Al menos por mí —dulce modorra de las tardes,
Crepúsculos hundidos en melosa indolencia;
Oh, por una edad tan protegida de fastidios,
Que pude saber nunca cómo cambian las lunas,
U oír la voz del ansioso sentido común!
V
Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?
Mi sueño se bordaba con sueños imprecisos;
Mi espíritu era un césped salpicado de flores,
Siluetas excitantes y destellos pasmosos:
Se nubló la mañana, pero no hubo aguaceros;
Tiernos lloros de Mayo colgaban de su párpado;
El postigo abierto apresó un renuevo de vid,
Dejándolo en silbo de zorzal y brote cálido.
Oh Sombras! era ya la hora de separarnos!
Sobre sus faldas no han caído lágrimas mías.
VI
Por eso, Espectros, adiós! No pueden levantarme
La cabeza recostada en el prado florido;
Porque no merendaría yo con alabanzas:
Un corderito en una farsa sentimental!
Desaparezcan de mi vista, y vuelvan a ser
Figuras de mascarada en la urna ilusoria.
Que les vaya bien! Hay visiones para la noche;
Para el día, tengo reunidas visiones tenues.
Piérdanse, Fantasmas! de mis ociosas visiones,
Dentro de las nubes, y nunca jamás regresen!
No se esfuerzan ni hilan.
I
Una mañana vi tres figuras ante mí,
De perfil, manos juntas y cuellos reverentes.
Avanzaban serenas, una detrás de la otra,
Luciendo sandalias finas y exquisitas túnicas.
Se fueron, como efigies de una urna de mármol,
A la que se gira para ver el lado opuesto.
Regresaron; como cuando se gira otra vez
La urna, retornaron las sombras del principio.
Y me parecieron raras, como le ocurriera
Con ánforas a un perito en la escuela de Fidias.
II
Cómo es eso, Sombras! que no las reconocí?
Cómo vinieron en tan sigiloso disfraz?
Era una secreta conspiración intrincada
Para robar, y dejar sin un solo quehacer
Mis inactivos días? Maduro era el sopor;
La bendita nube de indolencia veraniega
Entorpeció mis ojos; mi pulso disminuía;
Sin aguijón el dolor, sin guirnalda el placer:
Por qué no se esfumaron, para dejar mi mente
Desocupada en absoluto, excepto —la nada?
III
Pasaron por tercera vez, y, al pasar, volvía
Cada una el rostro un breve momento a mirarme.
Desaparecieron; y por seguirlas ardí
Y me quejé por unas alas: las conocía:
Una, Dama encantadora, Amor era su nombre;
Ambición, la segunda, de pálidas mejillas,
Y siempre vigilante con ojo fatigado;
La última, a quien más amo, la que más cargas
Acumula en ella, muchacha más atrevida—
La conozco por ser mi demónica Poesía.
IV
Se desvanecieron, y, ¡de veras! quise alas:
Necio de mí! Qué es el amor! y dónde estará?
Y por una Ambición indigente! La que salta,
Corta convulsión, del alma anodina de un hombre.
Por Poesía! —no —ella no tiene ni un gozo.
Al menos por mí —dulce modorra de las tardes,
Crepúsculos hundidos en melosa indolencia;
Oh, por una edad tan protegida de fastidios,
Que pude saber nunca cómo cambian las lunas,
U oír la voz del ansioso sentido común!
V
Y otra vez regresaron —malhaya! para qué?
Mi sueño se bordaba con sueños imprecisos;
Mi espíritu era un césped salpicado de flores,
Siluetas excitantes y destellos pasmosos:
Se nubló la mañana, pero no hubo aguaceros;
Tiernos lloros de Mayo colgaban de su párpado;
El postigo abierto apresó un renuevo de vid,
Dejándolo en silbo de zorzal y brote cálido.
Oh Sombras! era ya la hora de separarnos!
Sobre sus faldas no han caído lágrimas mías.
VI
Por eso, Espectros, adiós! No pueden levantarme
La cabeza recostada en el prado florido;
Porque no merendaría yo con alabanzas:
Un corderito en una farsa sentimental!
Desaparezcan de mi vista, y vuelvan a ser
Figuras de mascarada en la urna ilusoria.
Que les vaya bien! Hay visiones para la noche;
Para el día, tengo reunidas visiones tenues.
Piérdanse, Fantasmas! de mis ociosas visiones,
Dentro de las nubes, y nunca jamás regresen!
jueves, 12 de julio de 2007
Idólatras ignaros
A John Keats lo consternó la contemplación de los Mármoles de Elgin, al pensar en la belleza desaparecida de la época clásica. Acaso fue más y fue menos de lo que se hubiera esperado de esas representaciones de los mitos: lo hemos visto en el soneto anterior (que en realidad es el segundo de ambos; el primero lo reservé a propósito para este momento).
Se ha dicho de Keats que no era un erudito del universo griego y sin embargo con sus lecturas —su “indolencia diligente”— lo había intuido y llevado a otra forma del conocimiento en sus poemas. Para él —según el primero de sus “pocos axiomas” compartidos en una carta a John Taylor, editor y amigo suyo—, “la Poesía debería sorprender al Lector como una formulación verbal de sus propios pensamientos más elevados, y parecer casi como un Recuerdo” (27-II-1818).
Sin haber ido jamás a la Acrópolis o al nuevo museo de Atenas; sin estar en presencia de esos trozos en el Museo Británico; aun si en la vida los hubiéramos visto, ni siquiera en una foto, podríamos afirmar que hay esplendor en esos mármoles; eso es claro: gracias al soneto de Keats.
Sin embargo aquello que evocan, el íntegro mundo al que pertenecían y daban sentido, no existe —como fue— por mucho que lo soñemos y entreguemos horas a su discusión y traducciones y teorías sobre la voz teorein y así
—quién se resignaría a quedarse en este mundo sensible, lleno de fuegos fatuos, cuando pudo estar en los campos reales de las Ideas, en los dominios de la Belleza —abro los ojos y es Verdad—, Topos Uranós, ese inasible, inteligible...
“Vuelve al sabor de la tierra después de conocer la Intemperie.”
Arriba decía que esa visita resultó ser menos de lo que se hubiera esperado; porque Keats había ido al recinto londinense a instancias de su amigo Benjamin Haydon. Pero fue más: porque pudo al mismo tiempo observar a los hombres con las miradas perdidas, sin otro asombro que el recibido por la corriente de moda: muestras más contundentes de la degradación: infortunados idólatras.
En seguida de estos exabruptos —que podrían emparentarnos con los fanáticos—, aquel primer soneto de su visita:
To Haydon, with a Sonnet Written on Seeing the Elgin Marbles
Haydon! forgive me that I cannot speak
Definitively on these mighty things;
Forgive me that I have not Eagle’s wings —
That what I want I know not where to seek:
And think that I would not be over meek
In rolling out upfollow’d thunderings,
Even to steep of Heliconian springs,
Were I of ample strength for such a freak —
Think too, that all those numbers should be thine;
Whose else? In this who touch thy vesture’s hem?
For when men star’d at what was most divine
With browless idiotism — o’erwise phlegm —
Thou hadst beheld the Hesperean shine
Of their star in the east, and gone to worship them.
A Haydon, con un soneto escrito al observar los Mármoles de Elgin
Discúlpame Haydon! porque yo no puedo hablar
De modo tajante sobre estas cosas potentes;
Discúlpame que no tenga las alas de un Águila.
Que aquello que deseo no sepa dónde hallarlo:
Creo que no podría vencer la timidez
Para rodar tras los retumbos de los relámpagos,
Ni en las enhiestas espirales del Helicón
Tendría pleno vigor para un prodigio igual—
Y esos números —claro— deberían ser tuyos:
De quién más? Quién toca en esto la orla de tu manto?
Al fijarse los hombres en lo que fue más divino
Con idiotismo sin expresión —flema sabihonda—
Habías percibido el fulgor de las Hespérides
De su estrella del Oriente —y fuiste a adorarlos.
A John Keats lo consternó la contemplación de los Mármoles de Elgin, al pensar en la belleza desaparecida de la época clásica. Acaso fue más y fue menos de lo que se hubiera esperado de esas representaciones de los mitos: lo hemos visto en el soneto anterior (que en realidad es el segundo de ambos; el primero lo reservé a propósito para este momento).
Se ha dicho de Keats que no era un erudito del universo griego y sin embargo con sus lecturas —su “indolencia diligente”— lo había intuido y llevado a otra forma del conocimiento en sus poemas. Para él —según el primero de sus “pocos axiomas” compartidos en una carta a John Taylor, editor y amigo suyo—, “la Poesía debería sorprender al Lector como una formulación verbal de sus propios pensamientos más elevados, y parecer casi como un Recuerdo” (27-II-1818).
Sin haber ido jamás a la Acrópolis o al nuevo museo de Atenas; sin estar en presencia de esos trozos en el Museo Británico; aun si en la vida los hubiéramos visto, ni siquiera en una foto, podríamos afirmar que hay esplendor en esos mármoles; eso es claro: gracias al soneto de Keats.
Sin embargo aquello que evocan, el íntegro mundo al que pertenecían y daban sentido, no existe —como fue— por mucho que lo soñemos y entreguemos horas a su discusión y traducciones y teorías sobre la voz teorein y así
—quién se resignaría a quedarse en este mundo sensible, lleno de fuegos fatuos, cuando pudo estar en los campos reales de las Ideas, en los dominios de la Belleza —abro los ojos y es Verdad—, Topos Uranós, ese inasible, inteligible...
“Vuelve al sabor de la tierra después de conocer la Intemperie.”
Arriba decía que esa visita resultó ser menos de lo que se hubiera esperado; porque Keats había ido al recinto londinense a instancias de su amigo Benjamin Haydon. Pero fue más: porque pudo al mismo tiempo observar a los hombres con las miradas perdidas, sin otro asombro que el recibido por la corriente de moda: muestras más contundentes de la degradación: infortunados idólatras.
En seguida de estos exabruptos —que podrían emparentarnos con los fanáticos—, aquel primer soneto de su visita:
To Haydon, with a Sonnet Written on Seeing the Elgin Marbles
Haydon! forgive me that I cannot speak
Definitively on these mighty things;
Forgive me that I have not Eagle’s wings —
That what I want I know not where to seek:
And think that I would not be over meek
In rolling out upfollow’d thunderings,
Even to steep of Heliconian springs,
Were I of ample strength for such a freak —
Think too, that all those numbers should be thine;
Whose else? In this who touch thy vesture’s hem?
For when men star’d at what was most divine
With browless idiotism — o’erwise phlegm —
Thou hadst beheld the Hesperean shine
Of their star in the east, and gone to worship them.
A Haydon, con un soneto escrito al observar los Mármoles de Elgin
Discúlpame Haydon! porque yo no puedo hablar
De modo tajante sobre estas cosas potentes;
Discúlpame que no tenga las alas de un Águila.
Que aquello que deseo no sepa dónde hallarlo:
Creo que no podría vencer la timidez
Para rodar tras los retumbos de los relámpagos,
Ni en las enhiestas espirales del Helicón
Tendría pleno vigor para un prodigio igual—
Y esos números —claro— deberían ser tuyos:
De quién más? Quién toca en esto la orla de tu manto?
Al fijarse los hombres en lo que fue más divino
Con idiotismo sin expresión —flema sabihonda—
Habías percibido el fulgor de las Hespérides
De su estrella del Oriente —y fuiste a adorarlos.
sábado, 7 de julio de 2007
Esplendores del cerebro
Cuando Lord Elgin despojó los frisos del Partenón, de modo conveniente fueron adquiridos por el Museo Británico. En medio de la inquietud por aquellas representaciones de los mitos, iría el joven Keats en 1817 a ver esas piedras.
Luego escribió:
On Seeing the Elgin Marbles
My spirit is too weak — mortality
Weighs heavily on me like unwilling sleep.
And each imagin’d pinnacle and steep
Of godlike hardship, tells me I must die
Like a sick Eagle looking at the sky.
Yet ‘tis a gentle luxury to weep
That I have not the cloudy winds to keep,
Fresh for the opening of the morning’s eye.
Such dim-conceived glories of the brain
Bring round the heart an undescribable feud:
So do these wonders a most dizzy pain.
That mingles Grecian grandeur with the rude
Wasting of old Time — with a billowy main —
A sun — a shadow of a magnitude.
Al observar los Mármoles de Elgin
Tan débil es mi espíritu —la mortalidad
Tanto me pesa como dormirse sin querer.
Y cada pináculo y abismo imaginados
De adversas providencias, dicen que he de morir
Como un Águila enferma mirando el firmamento.
Es lujo sosegado inclusive lamentar
Que no haya vientos contrarios para mantenerse
Fresco al abrirse el ojo de la primera hora.
Tal vagos esplendores surgidos del cerebro
Al corazón acercan discordias indecibles,
Así estas maravillas: mayor consternación.
Que la grandeza Griega revuelven con la zafia
Merma del Tiempo antiguo —con un mar tempestuoso—
Un sol —apenas sombra de aquella inmensidad.
Una vez vistas esas labras, ¿haría un himno al espíritu helénico? No: se siente desanimado: piensa en lo efímero. Se figura un águila en agonía. Alturas y simas le recuerdan su condición. Porque no contempló la piedra convertida en belleza, sino la memoria de la Belleza, en toda su complejidad, que no estuvo en ese recinto.
Y sin embargo, sale John Keats y, a pesar de todo, compone la música verbal de un soneto moderno, célebre hasta las empuñaduras.
Such dim-conceived glories of the brain:
Tendemos a suponer que cuando en poesía se menciona el esplendor, se alude a una idea casi de estatuto platónico, un objeto más allá de la experiencia sólo concitado por el poema o bien que responde a una época grandiosa que tampoco estuvo a nuestro alcance; también suele pensarse en la gloria (‘luz’, ‘irradiación’, ‘fulgores’) de una vista física, de una visión sobrenatural o algo así.
¿De dónde provienen? Keats, como buen hijo del Siglo de las Luces, los ubica en el cerebro. Nada más.
Pues bien: dice el poema que los esplendores indistintos que de pronto se conciben ahí, como si fueran apariciones apenas tenues, magnificencias acaso pero todavía confusas, causan resentimientos que no pueden ser descritos, porque son como aquellas promesas de la Plenitud que tan rápido como fueren alucinadas hubiesen desaparecido, para dejar esa sensación desapacible tan frecuente, ella sí: la frustración.
Eso dejan los pasmosos mármoles labrados: un dolor que marea (dizzy pain).
Porque son los vestigios, tan sólo unos trozos del tiempo esplendente: restos de aquel modo de vida que erigió los relatos excitantes, las más altas ideas, y se regocijaba con la belleza en la forma, para dar esplendor al tiempo.
Escribe el poeta desde el mero asomo: sabe que hubo un sol, pero solamente se vislumbra la sombra, revolcada con los desperdicios
—viscosa masa en aumento.
Cuando Lord Elgin despojó los frisos del Partenón, de modo conveniente fueron adquiridos por el Museo Británico. En medio de la inquietud por aquellas representaciones de los mitos, iría el joven Keats en 1817 a ver esas piedras.
Luego escribió:
On Seeing the Elgin Marbles
My spirit is too weak — mortality
Weighs heavily on me like unwilling sleep.
And each imagin’d pinnacle and steep
Of godlike hardship, tells me I must die
Like a sick Eagle looking at the sky.
Yet ‘tis a gentle luxury to weep
That I have not the cloudy winds to keep,
Fresh for the opening of the morning’s eye.
Such dim-conceived glories of the brain
Bring round the heart an undescribable feud:
So do these wonders a most dizzy pain.
That mingles Grecian grandeur with the rude
Wasting of old Time — with a billowy main —
A sun — a shadow of a magnitude.
Al observar los Mármoles de Elgin
Tan débil es mi espíritu —la mortalidad
Tanto me pesa como dormirse sin querer.
Y cada pináculo y abismo imaginados
De adversas providencias, dicen que he de morir
Como un Águila enferma mirando el firmamento.
Es lujo sosegado inclusive lamentar
Que no haya vientos contrarios para mantenerse
Fresco al abrirse el ojo de la primera hora.
Tal vagos esplendores surgidos del cerebro
Al corazón acercan discordias indecibles,
Así estas maravillas: mayor consternación.
Que la grandeza Griega revuelven con la zafia
Merma del Tiempo antiguo —con un mar tempestuoso—
Un sol —apenas sombra de aquella inmensidad.
Una vez vistas esas labras, ¿haría un himno al espíritu helénico? No: se siente desanimado: piensa en lo efímero. Se figura un águila en agonía. Alturas y simas le recuerdan su condición. Porque no contempló la piedra convertida en belleza, sino la memoria de la Belleza, en toda su complejidad, que no estuvo en ese recinto.
Y sin embargo, sale John Keats y, a pesar de todo, compone la música verbal de un soneto moderno, célebre hasta las empuñaduras.
Such dim-conceived glories of the brain:
Tendemos a suponer que cuando en poesía se menciona el esplendor, se alude a una idea casi de estatuto platónico, un objeto más allá de la experiencia sólo concitado por el poema o bien que responde a una época grandiosa que tampoco estuvo a nuestro alcance; también suele pensarse en la gloria (‘luz’, ‘irradiación’, ‘fulgores’) de una vista física, de una visión sobrenatural o algo así.
¿De dónde provienen? Keats, como buen hijo del Siglo de las Luces, los ubica en el cerebro. Nada más.
Pues bien: dice el poema que los esplendores indistintos que de pronto se conciben ahí, como si fueran apariciones apenas tenues, magnificencias acaso pero todavía confusas, causan resentimientos que no pueden ser descritos, porque son como aquellas promesas de la Plenitud que tan rápido como fueren alucinadas hubiesen desaparecido, para dejar esa sensación desapacible tan frecuente, ella sí: la frustración.
Eso dejan los pasmosos mármoles labrados: un dolor que marea (dizzy pain).
Porque son los vestigios, tan sólo unos trozos del tiempo esplendente: restos de aquel modo de vida que erigió los relatos excitantes, las más altas ideas, y se regocijaba con la belleza en la forma, para dar esplendor al tiempo.
Escribe el poeta desde el mero asomo: sabe que hubo un sol, pero solamente se vislumbra la sombra, revolcada con los desperdicios
—viscosa masa en aumento.
jueves, 28 de junio de 2007
Profusas voluntades
De Poems, publicado en 1817, cuando Keats cumplía 22, este soneto:
How many bards gild the lapses of time!
A few of them have ever been the food
Of my delighted fancy, — I could brood
Over their beauties, earthly, or sublime:
And often, when I sit me down to rhyme,
These will in throng before my mind intrude:
But no confusion, no disturbance rude
Do they occasion; ‘tis a pleasing chime.
So the unnumber’d sounds that evening store;
The songs of birds — the whisp’ring of the leaves —
The voice of waters — the great bell that heaves
With solemn sound, — and thousand others more,
That distance of recognisance bereaves,
Make pleasing music, and not wild uproar.
Cuántos bardos esplenden los deslices del tiempo!
Han sido unos pocos, entre ellos, los nutrientes
De mi gozosa fantasía —pude criarla
Sobre sus bellezas, terrenales o sublimes;
Y con frecuencia, cuando me siento a componer,
Irrumpen profusas voluntades en mis luces;
Pero sin desconcierto ni conmociones burdas
Propician la ocasión: su tañido deleitable.
Así los innúmeros sonidos vespertinos:
Los silbos de las aves, murmullos de las hojas,
Las voces de las aguas, campanas que se elevan
Con sonido solemne, y muchos miles más
Que priva de ser reconocidos la distancia:
Da —no estridencias salvajes— deleitable música.
These will in throng before my mind intrude:
Oído: in throng ... intrude: combinaciones placenteras con sentido.
Luego: “Estas voluntades irrumpen a montones en mi pensamiento.” Notemos: in throng: una ‘multitud', atiborrada, como cuando los muchos invitados de una fiesta invaden una casa; también podemos imaginar una horda, por ejemplo, de fans que se lanzan sobre su estrella: en bola. Traza del estado mental de Keats al sentarse a componer: entonces aparecían esas “voluntades” o legados que alimentaron sus figuraciones. Opté por no poner el término ‘testamentos’ por su equivocidad. Se entiende que esos libros que nutrieron sus quimeras —concebidas, arropadas, hechas crecer— se le presentan al poeta mientras escribe. Pensé en la otra acepción de will, tan cercana en inglés (pues no por azar se usa para ambos significados), como si las voluntades, vale decir el deseo, la deliberada elección de aquellos bardos de crear tales bellezas —ya terrenales, ya sublimes— vinieran a la mente —aunque sin confusión ni alborotos inciviles— a la hora de ponerse a escribir.
Dicho de manera breve: Keats, en la primera parte del soneto convoca la importancia de las lecturas —a few of them— con que se mantiene quien compone poemas. Esas altas obras que dieron esplendor al tiempo “propician la ocasión” con sus sonidos favorables —y favorables son los sonidos con que compone su soneto.
Luego compara: cuando uno escucha lo que se acumula en las tardes: tampoco son estrépitos; son música. Desechemos la acotación ajada de que el poeta romántico iguala naturaleza y arte —porque además los sonidos vespertinos son un punto de comparación usado por Keats para mostrar lo que ocurre en la cabeza de quien ha leído y escribe—; distingamos que de ambas fuentes se extrae música: por donde comienza la poesía. Tenemos los factores: sonidos, buena crianza de la fantasía: oído en la lectura.
Pero acaso esos placeres que nos dan los libros —selectos, para educar a “la loca de la casa” que decía Sor Juana—, esas profusas voluntades, ¿mueven al poeta para lucirse, y que lo envidien, y que lo quieran? ¿Acaso? No magistrados, no quincalleros, no mistagogos: se compone la música verbal (“a pesar de todo”, como se verá) para dar esplendor al tiempo.
De Poems, publicado en 1817, cuando Keats cumplía 22, este soneto:
How many bards gild the lapses of time!
A few of them have ever been the food
Of my delighted fancy, — I could brood
Over their beauties, earthly, or sublime:
And often, when I sit me down to rhyme,
These will in throng before my mind intrude:
But no confusion, no disturbance rude
Do they occasion; ‘tis a pleasing chime.
So the unnumber’d sounds that evening store;
The songs of birds — the whisp’ring of the leaves —
The voice of waters — the great bell that heaves
With solemn sound, — and thousand others more,
That distance of recognisance bereaves,
Make pleasing music, and not wild uproar.
Cuántos bardos esplenden los deslices del tiempo!
Han sido unos pocos, entre ellos, los nutrientes
De mi gozosa fantasía —pude criarla
Sobre sus bellezas, terrenales o sublimes;
Y con frecuencia, cuando me siento a componer,
Irrumpen profusas voluntades en mis luces;
Pero sin desconcierto ni conmociones burdas
Propician la ocasión: su tañido deleitable.
Así los innúmeros sonidos vespertinos:
Los silbos de las aves, murmullos de las hojas,
Las voces de las aguas, campanas que se elevan
Con sonido solemne, y muchos miles más
Que priva de ser reconocidos la distancia:
Da —no estridencias salvajes— deleitable música.
These will in throng before my mind intrude:
Oído: in throng ... intrude: combinaciones placenteras con sentido.
Luego: “Estas voluntades irrumpen a montones en mi pensamiento.” Notemos: in throng: una ‘multitud', atiborrada, como cuando los muchos invitados de una fiesta invaden una casa; también podemos imaginar una horda, por ejemplo, de fans que se lanzan sobre su estrella: en bola. Traza del estado mental de Keats al sentarse a componer: entonces aparecían esas “voluntades” o legados que alimentaron sus figuraciones. Opté por no poner el término ‘testamentos’ por su equivocidad. Se entiende que esos libros que nutrieron sus quimeras —concebidas, arropadas, hechas crecer— se le presentan al poeta mientras escribe. Pensé en la otra acepción de will, tan cercana en inglés (pues no por azar se usa para ambos significados), como si las voluntades, vale decir el deseo, la deliberada elección de aquellos bardos de crear tales bellezas —ya terrenales, ya sublimes— vinieran a la mente —aunque sin confusión ni alborotos inciviles— a la hora de ponerse a escribir.
Dicho de manera breve: Keats, en la primera parte del soneto convoca la importancia de las lecturas —a few of them— con que se mantiene quien compone poemas. Esas altas obras que dieron esplendor al tiempo “propician la ocasión” con sus sonidos favorables —y favorables son los sonidos con que compone su soneto.
Luego compara: cuando uno escucha lo que se acumula en las tardes: tampoco son estrépitos; son música. Desechemos la acotación ajada de que el poeta romántico iguala naturaleza y arte —porque además los sonidos vespertinos son un punto de comparación usado por Keats para mostrar lo que ocurre en la cabeza de quien ha leído y escribe—; distingamos que de ambas fuentes se extrae música: por donde comienza la poesía. Tenemos los factores: sonidos, buena crianza de la fantasía: oído en la lectura.
Pero acaso esos placeres que nos dan los libros —selectos, para educar a “la loca de la casa” que decía Sor Juana—, esas profusas voluntades, ¿mueven al poeta para lucirse, y que lo envidien, y que lo quieran? ¿Acaso? No magistrados, no quincalleros, no mistagogos: se compone la música verbal (“a pesar de todo”, como se verá) para dar esplendor al tiempo.
jueves, 21 de junio de 2007
Recompensas
Reviso The Complete Poems of John Keats de la Wordsworth Editions [1994] 2001, y en una sección llamada “Posthumous and Fugitive Poems”, entre algunas odas menores, poemas extraídos de cartas, melodías o lecturas; después de ojear traducciones, incluso el citado y re-citado “La Belle Dame Sans Merci” (cuyo título fue tomado tal cual —dicho sea de paso— de uno de Alain Chartier de 1424); ahí, en medio de textos de circunstancias o canciones juguetonas, doy con este
Sonnet
Why did I laugh tonight? No voice will tell:
No God, no Demon of severe response,
Deigns to reply from heaven or from hell.
Then to my human heart I turn at once.
Heart! Thou and I are here sad and alone;
I say, why did I laugh! O mortal pain!
O Darkness! Darkness! ever must I moan,
To question Heaven and Hell and Heart in vain.
Why did I laugh? I know this Being’s lease,
My fancy to its utmost blisses spreads;
Yet would I on this very midnight cease,
And the world’s gaudy ensigns see in shred;
Verse, Fame, and Beauty are intense indeed,
But Death intenser — Death is Life’s high meed.
Pongo al comedimiento de los lectores esta versión:
Por qué anoche me reí? Nadie lo dirá:
Ni Dios, ni el Demonio de respuesta inexorable,
Se dignan contestar desde el cielo o el infierno.
Vuelvo por una vez a mi corazón humano.
Corazón! Aquí vamos tú y yo solos y tristes;
Yo digo: por qué me reí! Oh dolor mortal!
Oscuridad! Oscuridad! deberé gemir
Por cuestionar a Cielo e Infierno y Corazón.
Por qué me reí? Sé de las licencias del Ser:
Mi ánimo se esparce por sus exultaciones;
Hasta pudiera morirme en esta noche oscura,
Y los bastos emblemas del mundo desgarrarse;
Verso, Fama y Belleza de suyo son intensos,
Pero la Muerte más: suprema recompensa de la Vida.
Notas. Para el lector de poesía en lengua inglesa son evidentes las transformaciones, comenzando por el ritmo. El traductor de oficio sabe que ello es inevitable con cualquier texto. Tan inevitable, que llueven crasos errores, paráfrasis involuntarias, e incluso significados equívocos con la versión más apegada. Cuánto más si se ejecuta en verso: no sólo sintaxis sino prosodia. Quien se ejercite en la traducción, de seguro ha emprendido traslaciones literales, prosísticas, y sabe que aun así, con toda la amplitud de la lengua a la mano, puede el texto resultante reflejar el sentido, pero siempre fuera de foco por más fiel que se quiera.
Aquí, a propósito hice a un lado la rima, cuyo intento —según lecciones de Eduardo Lizalde— vuelve al texto un vejestorio decimonónico (contra la jovialidad del soneto keatsiano). Procuré no dar con asonancias, que suelen aparecer por descuido. Quien crea oír alguna, hágamelo saber (sin romperme el metro). Luego, el metro. Como es universalmente conocido, el inglés se hace de voces cortas, monosílabas muchas veces, lo que permite poner más palabras en la medida. Para nuestra lengua, que además no es sintética, implica dificultades. Así que opté por el alejandrino sin rigideces (excepto el último: se resistía con menos).
Habrá quienes objeten varias transgresiones a la preceptiva, pero busco una versión legible, sin caer en concesiones absurdas, claro, ni en licencias que pretendan mejorar el poema o hacer uno en español como si no estuviera su antecedente a nuestro alcance.
¿Preserva su toque este poema?
Un vocablo. Meed significa ‘recompensa’, ‘mérito’, ‘merced’; entonces ‘favor’, ‘premio’, ‘fruto’; también se entiende por ‘justo pago’. High meed... “alto... alto...”, pensaba, hasta que me vino a la cabeza “la corona”: toca los otros semas y no me rompe el metro; pero está muy manoseada.
Literal sería: “Pero la Muerte es más intensa: la Muerte es el alto merecimiento de la Vida.” Escoja usted.
Reviso The Complete Poems of John Keats de la Wordsworth Editions [1994] 2001, y en una sección llamada “Posthumous and Fugitive Poems”, entre algunas odas menores, poemas extraídos de cartas, melodías o lecturas; después de ojear traducciones, incluso el citado y re-citado “La Belle Dame Sans Merci” (cuyo título fue tomado tal cual —dicho sea de paso— de uno de Alain Chartier de 1424); ahí, en medio de textos de circunstancias o canciones juguetonas, doy con este
Sonnet
Why did I laugh tonight? No voice will tell:
No God, no Demon of severe response,
Deigns to reply from heaven or from hell.
Then to my human heart I turn at once.
Heart! Thou and I are here sad and alone;
I say, why did I laugh! O mortal pain!
O Darkness! Darkness! ever must I moan,
To question Heaven and Hell and Heart in vain.
Why did I laugh? I know this Being’s lease,
My fancy to its utmost blisses spreads;
Yet would I on this very midnight cease,
And the world’s gaudy ensigns see in shred;
Verse, Fame, and Beauty are intense indeed,
But Death intenser — Death is Life’s high meed.
Pongo al comedimiento de los lectores esta versión:
Por qué anoche me reí? Nadie lo dirá:
Ni Dios, ni el Demonio de respuesta inexorable,
Se dignan contestar desde el cielo o el infierno.
Vuelvo por una vez a mi corazón humano.
Corazón! Aquí vamos tú y yo solos y tristes;
Yo digo: por qué me reí! Oh dolor mortal!
Oscuridad! Oscuridad! deberé gemir
Por cuestionar a Cielo e Infierno y Corazón.
Por qué me reí? Sé de las licencias del Ser:
Mi ánimo se esparce por sus exultaciones;
Hasta pudiera morirme en esta noche oscura,
Y los bastos emblemas del mundo desgarrarse;
Verso, Fama y Belleza de suyo son intensos,
Pero la Muerte más: suprema recompensa de la Vida.
Notas. Para el lector de poesía en lengua inglesa son evidentes las transformaciones, comenzando por el ritmo. El traductor de oficio sabe que ello es inevitable con cualquier texto. Tan inevitable, que llueven crasos errores, paráfrasis involuntarias, e incluso significados equívocos con la versión más apegada. Cuánto más si se ejecuta en verso: no sólo sintaxis sino prosodia. Quien se ejercite en la traducción, de seguro ha emprendido traslaciones literales, prosísticas, y sabe que aun así, con toda la amplitud de la lengua a la mano, puede el texto resultante reflejar el sentido, pero siempre fuera de foco por más fiel que se quiera.
Aquí, a propósito hice a un lado la rima, cuyo intento —según lecciones de Eduardo Lizalde— vuelve al texto un vejestorio decimonónico (contra la jovialidad del soneto keatsiano). Procuré no dar con asonancias, que suelen aparecer por descuido. Quien crea oír alguna, hágamelo saber (sin romperme el metro). Luego, el metro. Como es universalmente conocido, el inglés se hace de voces cortas, monosílabas muchas veces, lo que permite poner más palabras en la medida. Para nuestra lengua, que además no es sintética, implica dificultades. Así que opté por el alejandrino sin rigideces (excepto el último: se resistía con menos).
Habrá quienes objeten varias transgresiones a la preceptiva, pero busco una versión legible, sin caer en concesiones absurdas, claro, ni en licencias que pretendan mejorar el poema o hacer uno en español como si no estuviera su antecedente a nuestro alcance.
¿Preserva su toque este poema?
Un vocablo. Meed significa ‘recompensa’, ‘mérito’, ‘merced’; entonces ‘favor’, ‘premio’, ‘fruto’; también se entiende por ‘justo pago’. High meed... “alto... alto...”, pensaba, hasta que me vino a la cabeza “la corona”: toca los otros semas y no me rompe el metro; pero está muy manoseada.
Literal sería: “Pero la Muerte es más intensa: la Muerte es el alto merecimiento de la Vida.” Escoja usted.
jueves, 7 de junio de 2007

Lizalde, académico
Eduardo Lizalde, maestro de poetas sin haberse metido a un taller, prosista cuyo filo escinde sinapsis atrofiadas, dueño de tigres y rosas (la zorra sigue enferma), el jueves 24 de mayo de 2007 tomó “posesión definitiva de la silla XIV de la Academia Mexicana de la Lengua” —según se informa en el sitio de dicha cofradía—, en cuya “sesión pública solemne”, leyó su discurso de ingreso: “La poesía mexicana, esplendor e infortunio”, del cual no se ha dado mayor noticia.
Eduardo Lizalde, maestro de poetas sin haberse metido a un taller, prosista cuyo filo escinde sinapsis atrofiadas, dueño de tigres y rosas (la zorra sigue enferma), el jueves 24 de mayo de 2007 tomó “posesión definitiva de la silla XIV de la Academia Mexicana de la Lengua” —según se informa en el sitio de dicha cofradía—, en cuya “sesión pública solemne”, leyó su discurso de ingreso: “La poesía mexicana, esplendor e infortunio”, del cual no se ha dado mayor noticia.
Por fortuna tenemos a la mano su Caza mayor, no la edición 1979 de la UNAM, sino la que vino en ¡Tigre, tigre! del FCE, Biblioteca Joven, 1985 y pudimos releerla en Memoria del tigre, Katún, 1983 (recordamos siempre “Al margen de un tratado”: “Moralistas / cristianos y marxistas, / liberales o beatos / de grandiosas iglesias y sistemas / —o simples sindicatos— / les tengo y traigo, de verdad, / muy malas, pésimas noticias: / la ética no existe...” y a veces “Cada cosa es Babel”), así como en la sucesiva Nueva memoria del tigre. Antología poética 1949-1991, de 1993, que editara el FCE, con sus respectivas adiciones en 1995 y 2005 (ambas fuera de nuestro poder); y los dos tomitos que Vuelta publicara en 1988 y luego en 1989, con pertinentes correcciones: Tabernarios y eróticos.
Celebramos que Lizalde ocupe ese lugar, pues con su escritura limpia polvos de reaccionarios lodos y telarañas mentales de toda laya; quizá no pretenderá fijar alguna cosa pues sabe que nada deja de moverse en los lenguajes y las literaturas, pero de cierto habrá de seguir —a ratos con sus pares y a ratos en su jaula— dando mayor esplendor a la lengua española.
Véase si no este párrafo de su Tablero de divagaciones (FCE, Letras Mexicanas, 1999) acerca de la importancia de la lectura y la traducción para que haya ideas:
El autor de Hamlet fue un sistemático explorador de los poetas y los dramaturgos, también de los filósofos latinos, y se nutrió tanto de Virgilio, como de Plauto y de Séneca, y muy especialmente de Ovidio, a quien leyó en la lengua original, pero cuyas Metamorfosis se sabía de memoria en la traducción inglesa de Arthur Golding. No ocultaba el inglés su devoción por Ovidio, y hace constar sus enseñanzas utilizando epígrafes de Los fastos o directamente glosando versos suyos en los sonetos (véase el soneto shakespeariano LX, que proviene de Las metamorfosis) u homenajeando su Ars Amandi al poner palabras ovidianas en boca de Julieta: ‘Nada importa mentir, pues Júpiter sonríe / de los perjurios de los amantes’ (supongamos que se puede traducir así).
[“Ovidio en el país de su exilio”, TD, 115]
O bien acerca de la incesante lucha de poder que se da entre literatos, escritores y otras subespecies —nadie se enoje si no pongo nombres—, en capillas, en hordas y hasta en campus, porque cada uno —por culpa de su mamá o en contra de su padre o al revés— cree y siente y sabe que es el último, el único, el primero, y todo se le debe:
De esas discusiones y guerras literarias hay sobrevivientes y hay numerosos caídos. No hay duda de que las coincidencias de gusto e inclinación personales, las simpatías de temperamento y obras en proceso, son las que determinan las alianzas de los artistas en todos los tiempos, y asimismo, las antipatías y preferencias encontradas determinan la descalificación violenta de ciertos creadores que más tarde resucitan entre los falsos "caídos" o son justicieramente sepultados en la fosa común que corresponde a los olvidables por mérito propio.
[“Sobrevivientes y caídos en el campo de las vanguardias”, TD, 147]
Párrafo dedicado —no por nuestro nuevo académico, sino por este redactor (juro que lo encontré por casualidad y en el último minuto)— a los Provincianos Perdurables en el Centro de las Miradas Unrelentingly:
La coyuntura mexicana era distinta, lo sigue siendo (salvo excepciones conocidas), y el tema es vasto: continuamos siendo parte de una literatura tan desconocida en el mundo europeo, como empieza a serlo para nosotros la mayor parte de la literatura que allá se produce. El asunto es curioso, en la era del Internet y de las computadoras en que esta misma nota se redacta: en la era de la intercomunicación universal más acelerada, nos estamos convirtiendo en islas cada vez más habitadas e incomunicadas. ¿No es así?
[“Mundo y vanguardias”, TD, 143]
Celebramos, sí, esta elección académica si bien tardía (en julio cumplirá 78 años de edad el maestro), aunque celebraremos con más ganas, mientras haya ojos y oídos y memoria, la prosa y la poesía de Eduardo Lizalde —como lo hemos venido haciendo, con sus intermitencias, desde que un desconsiderado alguna tarde inopinada de 1979 (rojizos relojes de sol, zorritas saliendo de noviembre) llegó esgrimiendo un librito color crema y una inquisición: “¿Ya leyeron, impúberes, Caza mayor?”
Celebramos, sí, esta elección académica si bien tardía (en julio cumplirá 78 años de edad el maestro), aunque celebraremos con más ganas, mientras haya ojos y oídos y memoria, la prosa y la poesía de Eduardo Lizalde —como lo hemos venido haciendo, con sus intermitencias, desde que un desconsiderado alguna tarde inopinada de 1979 (rojizos relojes de sol, zorritas saliendo de noviembre) llegó esgrimiendo un librito color crema y una inquisición: “¿Ya leyeron, impúberes, Caza mayor?”
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